Un consorcio de ingenieros y científicos climáticos publicó este mes el análisis más detallado hasta la fecha sobre la construcción de un parasol gigante en el espacio para enfriar la Tierra.
Según el reporte del Planetary Sunshade Institute (organización sin fines de lucro con sede en Los Ángeles, California), la iniciativa podría volverse viable en entre 20 y 40 años, siempre que avance el desarrollo de cohetes capaces de transportar millones de toneladas de material al espacio profundo. El estudio reunió a especialistas de universidades e instituciones espaciales de primer nivel, incluida la NASA.
Un parasol gigante es una gran estructura ubicada entre el Sol y la Tierra, diseñada para bloquear una fracción de la luz solar antes de que llegue a la atmósfera y caliente el planeta. A diferencia de un paraguas común, no es una sola pieza sino un sistema de miles de naves o membranas reflectantes que, actuando en conjunto, proyectan sombra sobre la Tierra de forma continua y controlada.
La propuesta se enmarca dentro de la geoingeniería solar, un campo que estudia métodos para reducir la cantidad de luz solar que llega a la superficie terrestre con el fin de bajar la temperatura global. Tal como explica la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), la geoingeniería abarca dos grandes categorías: la gestión de la radiación solar, que busca reflejar parte de la luz del Sol de vuelta al espacio, y la eliminación de dióxido de carbono, que apunta a extraer CO₂ de la atmósfera. El parasol espacial pertenece a la primera categoría y representa una de las apuestas más ambiciosas de la historia de la ingeniería.
Según el reporte del Planetary Sunshade Institute, el parasol debería bloquear aproximadamente el 1% de la radiación solar para lograr un descenso de temperatura de 1 °C. Ese umbral tiene peso: los modelos climáticos actuales indican que el planeta ya se acerca peligrosamente a 1,5 °C de calentamiento por encima de la temperatura preindustrial, el límite fijado por el Acuerdo de París.
Proponen colocar el sistema pasando el punto de Lagrange L1, una posición a unos 2,37 millones de kilómetros de la Tierra donde la gravedad del Sol y la de la Tierra se equilibran. Desde allí se puede proyectar sombra continua sobre el planeta con la menor cantidad de material posible.
El reporte del Planetary Sunshade Institute analiza dos arquitecturas principales. La primera consiste en una constelación de satélites llamados heliogiroscopios: estructuras circulares de 40 kilómetros de diámetro con láminas reflectantes más delgadas que un papel, que girarían sobre sí mismas para mantenerse en forma gracias a la fuerza centrífuga.
Cada uno aprovecharía la presión de radiación solar, es decir, la fuerza que ejercen los fotones del Sol al golpear su superficie, para moverse sin combustible. Chantal Cappelletti, ingeniera de sistemas espaciales de la Universidad de Nottingham, destacó la ventaja del control remoto: “Podés decidir cuándo querés hacer sombra y cuándo no”, declaró en declaraciones a Nature.
Para enfriar el planeta 1 °C con esta tecnología harían falta unas 5.000 naves en formación, construidas con casi 70 millones de toneladas de material: unas 1.500 veces el peso de todo lo que la humanidad lanzó al espacio hasta hoy. La segunda opción que se analiza es una nube de polvo reflectante en órbita, mantenida en posición por naves “pastoras” mediante campos eléctricos. Esta alternativa requeriría lanzar cientos de veces menos masa, pero los propios autores la califican de más especulativa.
Cappelletti fue directa: “No es algo que no podamos hacer. Es algo que requiere muchos lanzamientos”. Construir la constelación podría costar decenas de billones de dólares. Nature también advierte que el proyecto conlleva riesgos únicos, entre ellos la contaminación generada por miles de lanzamientos de cohetes.
Los críticos señalan además que concentrar la atención en la geoingeniería distrae de la urgencia de reducir emisiones de gases de efecto invernadero. Morgan Goodwin, director ejecutivo del Planetary Sunshade Institute, reconoce la tensión pero defiende la investigación: la “crisis climática acelerada”, afirmó al medio, es la que empuja al mundo hacia la geoingeniería solar.
La EPA advierte que las técnicas de gestión de la radiación solar pueden tener consecuencias sobre la salud y el medioambiente que aún no se comprenden del todo. Entre los efectos potenciales figuran alteraciones en los ciclos de lluvia y sequía, cambios en los ecosistemas y riesgos respiratorios. A diferencia de la inyección de aerosoles estratosféricos (que consiste en dispersar partículas reflectantes en la capa de la atmósfera ubicada entre 12 y 50 kilómetros de altitud), el parasol espacial no modifica la atmósfera terrestre, lo que podría reducir algunos efectos secundarios.
No obstante, los autores de un documento publicado en la revista Advances in Space Research reconocen riesgos propios: deterioro de las naves por impactos de micrometeoritos y radiación ultravioleta, contaminación estratosférica por miles de lanzamientos de cohetes, y la complejidad de controlar millones de unidades en un punto orbitalmente inestable.
Daniele Visioni, científico climático de la Universidad de Cornell, admitió en Nature que antes descartaba la idea como ciencia ficción. Tras asistir a un taller de ingeniería, cambió de postura, aunque con reservas: “Todavía no lo pondría como algo factible antes de fin de siglo”.
El reporte del Planetary Sunshade Institute y el artículo de Advances in Space Research coinciden en que las próximas dos décadas son decisivas: sin misiones precursoras que eleven la madurez tecnológica de las velas solares y los sistemas de ensamblaje en órbita, la ventana para comenzar operaciones en 2040 se cerraría antes de abrirse.
