Nos tiene atrapados el Mundial. La publicidad y la consideración del fútbol como deporte identitario de las naciones lo han conseguido. Además, la épica que conlleva la competición acrecienta los deseos colectivos. Ya se han encargado de bombardearnos las empresas económicas que hay detrás de este evento.
Vayámonos ahora a su dimensión ecológica, más bien contaminante. Hemos leído más de un informe que asegura que el Mundial 2026 (pasa de 32 a 48 equipos) será el más contaminante de la historia. Básicamente por tres razones. La primera, la ampliación de la competición y el impacto climático de los desplazamientos: se calcula que se emitirán unos 9000 millones de toneladas de CO2. La segunda, el crecimiento comercial, el mercadeo de recuerdos por todo el mundo. La tercera razón, y no la olvidemos porque es básica, son los vínculos de este evento con la industria de los combustibles fósiles. Por otra parte, en una ciudad con problemas de abastecimiento de agua como Ciudad de México se esperan cinco millones de visitantes.
Podríamos extendernos en argumentos varios, pero vamos a centrarnos en un estudio llevado a cabo por investigadores de las universidades de Loughborough, de Bristol y de Manchester, todas en el Reino Unido. Como conclusión básica sostiene que «la creciente expansión comercial del fútbol de élite está incrementando su huella de carbono y dificultando la adopción de medidas efectivas para reducir las emisiones asociadas al deporte».
De inmediato se pensará que el problema será debido a los masivos desplazamientos de los aficionados, a pesar de la dispersión geográfica de las sedes. No va a ocurrir solo por eso; bastantes no acudirán debido principalmente a los desorbitados precios de las entradas. Puede que algo influya la gestión de los grandes estadios. Más bien parece que el despilfarro energético y ecológico será debido a relaciones estructurales de globalización equívoca, al crecimiento comercial que pretenden y a las conexiones entre las empresas gestoras y publicitarias con los países productores de petróleo y gas.
No debemos olvidar que el patrocinio de grandes equipos de fútbol europeo, en los cuales se fija todo el mundo, lleva propaganda de inversiones procedentes de estados exportadores de combustibles fósiles y de grandes compañías energéticas. Fútbol se asocia a Emirates, por ejemplo. Este país/compañía comercial y otros petroestados expanden su publicidad en el equipo reciente campeón europeo (París Saint-Germain) y en varios clubes renombrados (AC Milan, Arsenal, Olimpique Lyonnais, Benfica); también en España (Real Madrid, FC Barcelona del cual Emirates Islamic será el patrocinador de la marca comercial). Pero no solo.La FIFA, cuyas falta de previsión ambiental e intenciones generales no me atrevo a calificar, cuenta con un acuerdo de patrocinio con la compañía petrolera saudí Aramco. ¿Queremos algún ejemplo más contundente que este en la colisión emocional –también ambiental y ecológica- entre fútbol y combustibles fósiles? Me preocupan mundiales futuros, como el de 2034, que al parecer ha sido adjudicado a Arabia Saudí.
Pues eso, el balón lo mueven los jugadores. Los ideales identitarios que se ven en forma de banderas en los campos de fútbol profesional los portan aficionados. Pero en realidad los mueven intereses económicos oscurecidos, que priman por encima del arte balompédico y de una alta huella ecológica. Resumido en dos ideas básicas: se potencian eventos globales cada vez más grandes frente a un planeta con límites cada vez más evidentes y, por otra parte, el deporte de Olimpiadas y similares contiendas internacionales tiene cada vez más coste ecológico, aunque lo maquillen con ramitas verdes de olivo.
