Opinión

Caso Jhony Lescano: La miseria política también se disfraza de democracia

Lo ocurrido en el debate presidencial no fue un exceso, ni un desliz. Fue algo más grave: la confirmación de que la degradación de la política peruana no reconoce bandos, ni siquiera entre quienes dicen representar una alternativa democrática.

Yonhy Lescano cruzó una línea.

Y no una línea menor, sino una línea ética. Porque recurrir a medias verdades —esas que no mienten del todo, pero que envenenan lo suficiente— para atacar a un adversario no es hacer política. Es manipular. Es distorsionar. Es degradar deliberadamente el debate público.

El blanco de ese ataque fue el Dr. Alfonso López Chau.

Y lo que se hizo con él no fue un cuestionamiento legítimo, sino una operación burda: convertir un hecho político de hace más de medio siglo en una insinuación de conducta delictiva actual. Eso no solo es intelectualmente deshonesto. Es ruin.

Y sí, hay que decirlo sin rodeos: es políticamente miserable.

Pero aquí surge una pregunta incómoda, incluso perturbadora:
¿esto fue simplemente desesperación… o algo más?

Porque la magnitud del ataque, su intencionalidad y el momento en que se produce abren una duda legítima: si no estamos ante un acto desesperado, entonces podría parecer —aunque cueste creerlo— una conducta funcional a los intereses de aquellos sectores que dice combatir.

¿Actuó como un topo político?

La pregunta puede parecer extrema, pero en un escenario donde la política ha perdido tantos límites, ya nada resulta completamente improbable. Cuando un candidato que se presenta como democrático utiliza métodos que ni siquiera sus adversarios más conservadores han empleado en este caso, la sospecha no nace del exceso de imaginación, sino de la evidencia del comportamiento.

Y ese es el punto más grave de todos.

Porque más allá de las intenciones, el efecto es claro: debilitar el espacio democrático, erosionar la credibilidad de una alternativa —en este caso, la representada por el Dr. López Chau— y, en la práctica, favorecer a quienes se benefician del caos, la confusión y el descrédito generalizado de la política.

Eso no es estrategia. Es dinamitar el propio terreno.

Ni siquiera los sectores más duros han recurrido aquí a un recurso tan burdo. Y cuando la supuesta alternativa cae más bajo que aquello que critica, entonces el problema deja de ser ideológico.

Se convierte en un problema de integridad.

En lo personal, este episodio marca un quiebre. No se puede hablar de recuperación democrática mientras se actúa con prácticas que la socavan desde dentro. No se puede exigir altura política mientras se recurre al golpe bajo.

No basta con proclamarse democrático.

Hay que demostrarlo.

Y quien no está a la altura —sea por desesperación o por algo peor— simplemente no puede representar ninguna alternativa real para el país.

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