En el debate político latinoamericano se repite una trampa conocida y peligrosa: si cuestionas la intervención extranjera, entonces eres aliado del régimen intervenido. Hoy ocurre con Venezuela; ayer ocurrió con Irak, Libia o Siria; y mañana ocurrirá con cualquier país que incomode a los centros de poder global.
Bajo esa lógica simplista —pero eficaz—, expresarse contra una intervención extranjera equivale automáticamente a ser “chavista”, “madurista” o cómplice de una dictadura. No importa el argumento, no importan los principios, no importa la historia. El miedo y la demonización reemplazan al razonamiento político.
Demonizar líderes para disciplinar debates
No hay duda de que Hugo Chávez y Nicolás Maduro han sido sometidos a un proceso sistemático de demonización internacional, impulsado por grandes potencias y amplificado por medios corporativos globales. Esto no significa absolverlos, ni justificar sus errores, abusos o derivas autoritarias. Significa entender cómo opera el dispositivo político-mediático.
Cuando un liderazgo es convertido en “diablo absoluto”, todo lo que se diga en contra de la intervención extranjera queda automáticamente sospechado. El razonamiento se vuelve infantil pero efectivo:
si estás contra la intervención, estás con el demonio.
Ese mecanismo no busca debatir, busca arrinconar, silenciar y disciplinar posiciones políticas que se atrevan a salirse del libreto.
La soberanía no es simpatía política
Aquí está el punto central —y el que muchos sectores políticos no saben o no quieren defender—:
oponerse a una intervención extranjera no implica simpatizar con el gobierno intervenido.
Es una cuestión de principios, no de afinidades ideológicas.
Defender la soberanía de los pueblos significa sostener que ninguna potencia extranjera tiene derecho a decidir el destino político de otro país, mucho menos mediante presión militar, económica o encubierta. No Estados Unidos, no China, no Rusia, no nadie.
Aceptar que una potencia pueda “corregir” gobiernos ajenos abre una puerta peligrosa: mañana ese criterio puede aplicarse contra cualquier país que no resulte funcional a intereses externos, incluido el Perú.
El uso electoral del miedo
En el Perú, este tipo de discursos no son nuevos. En 2006, Alan García utilizó con éxito el “efecto Chávez” para golpear a Ollanta Humala, presentándolo como un títere del líder venezolano. Más que debatir modelos económicos o propuestas de gobierno, se construyó un enemigo externo para ordenar el voto interno.
Hoy, rumbo al 2026, algunos pretenden repetir la fórmula con el llamado “efecto Maduro”:
dividir a los candidatos entre “demócratas” y “cómplices”, no según sus propuestas, sino según qué tan alineados están con la narrativa de las potencias y los grandes medios.
Bajo esa lógica perversa, quien condena la intervención estadounidense pero no lo hace con suficiente énfasis contra Maduro es automáticamente sospechoso. No importa si defiende elecciones limpias, derechos humanos o institucionalidad: el matiz está prohibido.
Pensar por cuenta propia es el verdadero delito
Lo más preocupante no es la existencia de esta narrativa, sino la docilidad con la que muchos actores políticos y opinadores la repiten, sin capacidad de distanciarse, sin coraje para plantear una posición propia, sin elaboración doctrinaria mínima.
Se limitan a reproducir lo que dicen los medios corporativos internacionales, como si pensar por cuenta propia fuera un riesgo electoral demasiado alto.
Pero la política sin principios no es pragmatismo: es oportunismo.
Una línea clara y necesaria
Se puede —y se debe— sostener una posición clara:
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Rechazar los autoritarismos y las violaciones a los derechos humanos.
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Criticar los errores, abusos y fracasos de gobiernos como el de Maduro.
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Y al mismo tiempo oponerse con firmeza a cualquier forma de intervención extranjera.
No hay contradicción en eso.
La contradicción está en defender la democracia aceptando que otros decidan por los pueblos.
2026: separar convicciones de consignas
De cara al proceso electoral del 2026, el verdadero filtro no debería ser quién repite mejor los eslóganes geopolíticos de moda, sino quién es capaz de sostener una posición de principios incluso cuando resulta incómoda.
Porque hoy es Venezuela.
Mañana puede ser cualquier país que no se alinee.
Y pasado mañana, podríamos ser nosotros.
