La frase encendió la campaña y generó ruido inmediato: “No vamos a permitir que el peor alcalde de Lima sea presidente”. Dicha por César Acuña, un político con un historial de gestión ampliamente cuestionado, la declaración parecía destinada a caer en el descrédito automático. Sin embargo, más allá del mensajero —claramente el menos indicado—, el fondo del argumento merece ser analizado con seriedad.
Porque lo que está en discusión no es solo un ataque electoral, sino un hecho objetivo: Rafael López Aliaga tuvo la oportunidad de demostrar capacidad gubernamental desde uno de los cargos públicos más importantes del país —la Alcaldía Metropolitana de Lima— y no estuvo a la altura del desafío.
Lima como plataforma política, no como ciudad a gobernar
La gestión de López Aliaga en la Municipalidad Metropolitana de Lima estuvo marcada por la improvisación, la confrontación permanente y decisiones de alto impacto tomadas sin planificación técnica ni consenso institucional. Lejos de gobernar la ciudad con una visión de largo plazo, Lima fue tratada como una plataforma electoral al servicio de una ambición presidencial constante.
Muchas decisiones adoptadas durante su alcaldía comprometieron la estabilidad económica municipal, paralizaron proyectos clave y generaron incertidumbre en la administración pública. La ciudad no fue pensada como un sistema complejo que requiere gestión, sino como un escenario político para la confrontación y el posicionamiento mediático.
Eso no es solo mala gestión. Es irresponsabilidad política.
El antecedente importa
En cualquier democracia seria, los antecedentes importan. Gobernar Lima no es un ensayo menor: es administrar el presupuesto más grande del país a nivel subnacional, coordinar con múltiples niveles del Estado y responder a millones de ciudadanos.
Cuando una gestión fracasa en ese nivel, la pregunta surge de manera inevitable:
¿qué razones existen para creer que esa misma persona está capacitada para gobernar el Perú?
La respuesta no puede basarse en discursos, ideología ni marketing político. Debe basarse en resultados. Y los resultados, en este caso, no acompañan la aspiración.
El mensajero equivocado no anula el mensaje
Que esta crítica provenga de César Acuña —quien también abandonó un cargo regional con altos niveles de desaprobación para perseguir un proyecto presidencial— no invalida el argumento de fondo. En política, una mala gestión no se vuelve aceptable porque quien la señala también haya fracasado.
Lo que sí revela esta confrontación es algo más preocupante: la normalización del mal gobierno como credencial suficiente para aspirar al poder máximo. Como si gobernar mal fuera apenas una anécdota, y no un antecedente grave.
Una campaña que empieza mal
Este episodio es sintomático del tipo de campaña que se está configurando rumbo al 2026: ataques cruzados entre candidatos con historiales débiles, ausencia de debate programático y una preocupante indiferencia frente a la capacidad real de gobernar.
El problema no es quién lanza la acusación.
El problema es que los hechos que la sostienen existen.
Cierre: gobernar no es un ensayo general
El Perú no necesita presidentes que aprendan en el cargo, ni líderes que utilicen las instituciones como trampolín político. Gobernar Lima y fracasar no es una etapa superada, es una señal de alerta.
Y aunque el argumento venga de la persona menos indicada, ignorar lo demostrado sería aún más irresponsable.
