Política

DEBATE EN EL SENADO: EL PERÚ TIENE QUE APRENDER A CONVIVIR CON SUS DIFERENCIAS POLÍTICAS

El debate por las facultades legislativas no debería convertirse en otra batalla entre enemigos, sino en una oportunidad para demostrar que la democracia también consiste en escuchar, discrepar y encontrar acuerdos.

El debate sobre la delegación de facultades legislativas al Poder Ejecutivo ha vuelto a colocar sobre la mesa una pregunta que el Perú todavía no termina de responder: ¿somos capaces de hacer política aceptando que existen ciudadanos y representantes que piensan diferente a nosotros?

La Cámara de Diputados aprobó un dictamen que redujo considerablemente el pedido original del Ejecutivo. De las 66 materias planteadas inicialmente para un período de 120 días, el dictamen aprobado quedó concentrado en 20 materias vinculadas principalmente con seguridad ciudadana y atención al fenómeno de El Niño. Ahora corresponde al Senado revisar la propuesta dentro del procedimiento bicameral.

Y aquí aparece una oportunidad que debería ser aprovechada.

No debería sorprendernos que existan diferencias entre diputados y senadores. Precisamente para eso existe un Parlamento: para discutir, revisar, corregir, discrepar y eventualmente alcanzar acuerdos.

El problema comenzaría si cada discrepancia fuera interpretada como una traición, una obstrucción o una conspiración contra el país.

LA DEMOCRACIA NO ES PENSAR TODOS IGUAL

El Perú necesita aprender —y quizá este sea uno de los aprendizajes políticos más difíciles— que la democracia no consiste en conseguir que todos piensen como nosotros.

Una democracia saludable necesita oficialismo y oposición, izquierda y derecha, posiciones liberales y conservadoras, sectores que apoyen al Gobierno y otros que cuestionen sus decisiones.

El Senado, precisamente, tiene una función legislativa de revisión, debate, aprobación, modificación o rechazo de las propuestas que recibe de la Cámara de Diputados.

Eso significa que la discrepancia institucional no debería ser vista automáticamente como una amenaza.

Al contrario: puede ser un mecanismo de control.

Lo importante es que esa discrepancia se produzca dentro de las reglas, con argumentos y con respeto por las instituciones.

EL APRENDIZAJE POLÍTICO CUESTA

Al Perú le está costando aprender algo elemental: un adversario político no necesariamente es un enemigo.

Quien piensa distinto puede estar equivocado. También podemos estar equivocados nosotros.

Y esa posibilidad debería acompañar permanentemente el ejercicio de la política.

Lo peligroso es cuando la discusión deja de centrarse en las ideas y comienza a concentrarse en la descalificación personal.

Primero viene el calificativo, después la etiqueta, luego la demonización, finalmente, dejamos de reconocer al otro como un ciudadano que tiene los mismos derechos que nosotros, ese camino es peligroso.

NO TODOS LOS QUE DISCREPAN SON ENEMIGOS

En los últimos años hemos visto crecer en distintos sectores políticos una tendencia preocupante: presentar al adversario como alguien moralmente inferior, antipatriota, ignorante, corrupto o simplemente indigno de ser escuchado.

La política termina convertida en una permanente guerra verbal y cuando eso ocurre, desaparece algo fundamental: la capacidad de persuadir.

Porque gobernar en democracia no significa solamente imponer una mayoría, también significa convencer.

Y cuando no se puede convencer, significa negociar y  cuando no se puede negociar, significa aceptar institucionalmente el resultado de la votación. Ese es el funcionamiento básico de una democracia.

EL AUTORITARISMO TAMBIÉN PUEDE VESTIRSE DE DEMOCRACIA

Existe una forma de autoritarismo evidente: aquella que pretende concentrar todo el poder y silenciar al que discrepa.

Pero existe otra forma, quizá menos visible, que comienza cuando una persona considera que solamente quienes piensan como ella tienen legitimidad para participar en la vida pública.

Desde esa perspectiva, el que discrepa deja de ser adversario y se convierte en enemigo.El que cuestiona deja de ser ciudadano y pasa a ser «obstruccionista».El que piensa diferente deja de ser peruano en igualdad de condiciones y  así comienza a destruirse, poco a poco, la idea de una comunidad política común.

RACISMO, EXCLUSIÓN Y DESPRECIO

El Perú tiene además una deuda histórica mucho más profunda.

Todavía debemos combatir el racismo, la discriminación, la exclusión y esa vieja costumbre de considerar que algunos peruanos valen más que otros.

No podemos construir una democracia sólida si seguimos mirando al compatriota de la costa, de la sierra o de la selva como alguien diferente en dignidad.

No podemos construir ciudadanía si seguimos creyendo que el que vive en una determinada región, habla de determinada manera, tiene determinado apellido, pertenece a determinado grupo social o vota por determinada opción política es menos peruano que nosotros.

Todos somos ciudadanos. Todos somos peruanos.

Y esa igualdad no debería depender de cómo votamos.

EL SENADO Y DIPUTADOS TIENEN UNA RESPONSABILIDAD

Por eso, el debate sobre las facultades legislativas puede ser mucho más que una disputa sobre 20, 30 o 66 materias. Puede ser una prueba de madurez institucional.

Diputados ya tomó una posición. El Senado tendrá que cumplir sus funciones dentro del marco constitucional y reglamentario que corresponde. La propia estructura del Congreso bicameral contempla funciones legislativas diferenciadas y mecanismos de revisión.

Lo que corresponde esperar es que el debate se produzca con argumentos, que se explique por qué una facultad debe mantenerse, por qué otra debe eliminarse, por qué determinada materia resulta urgente.

Y por qué otra podría ser innecesaria o excesivamente amplia. Eso es política, lo demás es espectáculo.

EL PERÚ NO NECESITA UNA GUERRA DE POLÍTICOS

Tenemos por delante un país con problemas enormes: inseguridad, pobreza, informalidad, desempleo, servicios públicos deficientes, corrupción y una institucionalidad que todavía necesita fortalecerse.

No podemos desperdiciar toda nuestra energía política insultándonos.Tampoco podemos convertir cada diferencia en una batalla moral entre «buenos» y «malos».

El Perú necesita aprender a convivir con sus diferencias.Necesita políticos que puedan sentarse frente a frente y decir:

«No estoy de acuerdo contigo, pero respeto tu derecho a pensar diferente.»

Esa frase, aparentemente sencilla, puede ser una de las expresiones más profundas de una democracia madura. Porque finalmente la democracia no consiste en eliminar al que piensa diferente. Consiste en aprender a vivir juntos precisamente porque pensamos diferente.

UNA TAREA PENDIENTE

El aprendizaje político cuesta y  al Perú todavía le queda mucho por aprender.

Tenemos que abandonar el autoritarismo, la descalificación, el racismo, la exclusión y la idea de que el adversario político es alguien a quien hay que destruir.

La política debería volver a ser el espacio donde se confrontan ideas, proyectos y propuestas. No personas.

Porque si seguimos convirtiendo al adversario en enemigo, algún día descubriremos que hemos ganado muchas batallas políticas pero hemos perdido algo mucho más importante:

la capacidad de reconocernos como una misma nación.

Y esa sí sería una derrota para todos.

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