Política

CASO RAFAEL SANTOS: CUANDO LA POLÍTICA DEJA DE DEBATIR Y COMIENZA A INSULTAR

El episodio Rafael Santos y el peligro de convertir las diferencias políticas en una guerra de descalificaciones

Por Mudo Social

Hay algo profundamente preocupante en la política peruana que debería llamarnos mucho más la atención que una declaración desafortunada de un político.

No es solamente lo que dijo Rafael Santos sobre los electores del Cusco.

Es la forma en que estamos empezando a discutir política en el Perú.

Un político cuestiona el voto de una región y, en lugar de explicar por qué considera equivocada determinada opción electoral, termina atribuyendo a los ciudadanos una supuesta incapacidad para pensar correctamente debido a la altura y a la falta de oxígeno.

Eso ya no es debate político.

Es descalificación.

Santos ha explicado posteriormente que sus expresiones fueron sacadas de contexto y que estaban dirigidas a quienes votan por candidatos de izquierda. RPP Noticias Pero incluso aceptando esa explicación, permanece una pregunta elemental:

¿Por qué resulta tan difícil para algunos políticos criticar una opción electoral sin insultar a quienes la apoyan?

La política no puede convertirse en una competencia de agravios

El Perú tiene una sociedad profundamente diversa.

Costa, sierra y selva.

Comunidades andinas, amazónicas, afroperuanas, migrantes, urbanos y rurales.

Millones de ciudadanos con historias, experiencias, culturas y problemas diferentes.

Precisamente por eso, quien aspira a gobernar el país debería entender una regla elemental:

el ciudadano tiene derecho a equivocarse políticamente.

Puede votar por la izquierda.

Puede votar por la derecha.

Puede votar por un candidato que otro considere malo.

Puede cambiar de opinión.

Puede incluso votar de manera que nosotros consideremos incomprensible.

Pero sigue teniendo exactamente el mismo derecho que cualquier otro ciudadano.

Y nadie adquiere una superioridad intelectual por votar diferente.

Los políticos «folclóricos»

Hay un tipo de político que parece haber encontrado en el insulto una forma de hacer campaña.

No necesita explicar un programa.

No necesita presentar estadísticas.

No necesita demostrar que su propuesta es mejor.

Le basta con decir que quienes piensan diferente son ignorantes, corruptos, resentidos, comunistas, fascistas, vagos, brutos o manipulados.

Y así, poco a poco, la política se convierte en un espectáculo de adjetivos.

Son los políticos que podríamos llamar, en términos coloquiales, «folclóricos».

No necesariamente porque carezcan de inteligencia o preparación, sino porque hacen política como si el escenario electoral fuera un programa de entretenimiento:

gritan,

provocan,

insultan,

ridiculizan,

buscan una frase viral,

y esperan que las redes sociales hagan el resto.

El problema es que gobernar un país no es producir videos virales.

La política necesita ideas, no solamente enemigos

Un candidato que quiere convencer a un ciudadano que vota por la izquierda debería poder decir:

«Creo que su propuesta económica es equivocada por estas razones…»

Y demostrarlo.

Un candidato de izquierda debería poder responder:

«La propuesta de la derecha no resuelve estos problemas por estas razones…»

Y demostrarlo.

Eso sería política.

Lo otro es simplemente:

«Tú eres ignorante porque votas diferente a mí.»

Eso no convence.

Eso solamente profundiza la división.

Y cuidado: que nadie copie al otro extremo

Aquí aparece una advertencia que Mudo Social debería hacer a todos los sectores políticos.

No cometamos el error de responder al extremismo con otro extremismo.

Si un político de derecha utiliza la descalificación para atacar a la izquierda, no debería aparecer inmediatamente otro político de izquierda utilizando exactamente la misma fórmula contra la derecha.

Porque entonces terminaremos teniendo:

miles de «Mileis» de izquierda y de derecha gritándose unos a otros.

Mucho ruido.

Poca política.

Muchísima agresividad.

Y prácticamente ningún debate.

Ese es el escenario que debemos evitar.

¿Dónde quedaron las ideas?

Esta debería ser una pregunta obligatoria para todos los candidatos.

¿Dónde están las propuestas?

¿Cómo vamos a combatir la delincuencia?

¿Cómo vamos a enfrentar la extorsión?

¿Cómo vamos a generar empleo?

¿Cómo vamos a mejorar la educación?

¿Cómo vamos a reducir las enormes desigualdades territoriales?

¿Cómo vamos a desarrollar Cusco, Puno, Ayacucho, Loreto o cualquier otra región?

¿Cómo vamos a utilizar mejor los recursos naturales?

¿Cómo vamos a combatir la corrupción?

¿Cómo vamos a hacer que el Estado funcione?

Eso es lo que debería discutirse en una campaña electoral.

No si los ciudadanos de determinada región tienen suficiente oxígeno para pensar.

El ciudadano no necesita políticos que lo insulten

El ciudadano peruano ya tiene suficientes problemas.

Tiene que enfrentar inseguridad, desempleo, informalidad, servicios públicos deficientes, dificultades económicas y una enorme desconfianza hacia las instituciones.

Lo último que necesita es que un político le diga que votó mal porque no sabe pensar.

El ciudadano necesita algo completamente diferente:

que le expliquen.

Que le enseñen.

Que le presenten alternativas.

Que le permitan comparar.

Que le digan cuánto costará una propuesta.

Que expliquen de dónde saldrá el dinero.

Que reconozcan sus errores.

Que admitan cuando una propuesta del adversario es correcta.

En otras palabras:

el ciudadano necesita educación política, no adoctrinamiento político.

Una democracia no se construye humillando al adversario

El episodio que protagoniza Rafael Santos puede terminar siendo una anécdota electoral.

Pero sería un error que la sociedad se quedara solamente con la polémica.

Lo verdaderamente importante es preguntarnos:

¿Estamos construyendo una cultura política en la que ya no sabemos discrepar sin agredir?

Porque si la respuesta es sí, tenemos un problema mucho más grande que una declaración desafortunada.

Tenemos un problema de cultura democrática.

Las diferencias políticas son legítimas. El propio Colegio de Abogados del Cusco, al pronunciarse sobre el caso, señaló precisamente que las diferencias políticas pueden expresarse, pero deben hacerlo con respeto y responsabilidad. RPP Noticias

Y esa debería ser una regla para todos.

No queremos una política de trincheras

El Perú no necesita políticos que estén permanentemente buscando enemigos.

Necesita políticos capaces de encontrar soluciones.

No necesitamos una izquierda que piense que toda la derecha es reaccionaria.

Ni una derecha que piense que toda la izquierda es comunista.

No necesitamos que cada discrepancia se convierta en una guerra verbal.

Porque detrás de cada etiqueta hay millones de ciudadanos.

El trabajador que vota por la izquierda.

El empresario que vota por la derecha.

El campesino que vota por un candidato regional.

El joven que cambia de posición.

La mujer que vota por primera vez.

El ciudadano que todavía no sabe por quién votar.

Todos ellos merecen respeto.

La política debe volver a educar

Este quizá sea el punto más importante.

Los políticos también tienen una responsabilidad pedagógica.

Una campaña electoral no debería ser solamente una máquina de conseguir votos.

Debería ser también un gigantesco espacio de educación ciudadana.

Explicar cómo funciona el Estado.

Explicar qué puede y qué no puede hacer un gobernador regional.

Explicar cuánto dinero tiene una municipalidad.

Explicar qué competencias tiene el Congreso.

Explicar qué significa una reforma constitucional.

Explicar qué cuesta una obra.

Explicar cuáles son las consecuencias de una determinada política económica.

Explicar qué se puede hacer y qué no.

Eso sería elevar el nivel de la política.

Que la discusión sea dura, pero inteligente

No tenemos que pedirles a los políticos que sean complacientes.

Al contrario.

Una democracia necesita oposición fuerte.

Necesita críticas duras.

Necesita periodistas que cuestionen.

Necesita ciudadanos que exijan.

Necesita candidatos que se enfrenten.

Pero hay una diferencia enorme entre atacar una idea y atacar a quien piensa diferente.

Se puede decir:

«Su propuesta es equivocada.»

Y explicar por qué.

Pero es muy diferente decir:

«Usted es incapaz de pensar porque vota diferente.»

La primera es política.

La segunda es desprecio.

Y esto vale para todos

Hoy el blanco puede ser el ciudadano cusqueño.

Mañana puede ser el empresario.

Después el campesino.

Luego el limeño.

Después el migrante.

Más tarde el votante de izquierda.

O el votante de derecha.

Si aceptamos que un político puede deshumanizar o ridiculizar al adversario porque pertenece al «otro lado», terminaremos construyendo una sociedad en la que nadie escucha a nadie.

Y una democracia en la que nadie escucha termina siendo una democracia de gritos.

El Perú no necesita más gritos

Necesita argumentos.

No necesita más insultos.

Necesita propuestas.

No necesita políticos que busquen destruir al adversario.

Necesita políticos capaces de derrotarlo con mejores ideas.

No necesita ciudadanos que repitan consignas.

Necesita ciudadanos informados.

Y, sobre todo, necesita una clase política que entienda que gobernar no significa gobernar solamente para quienes votaron por uno.

Quien gana una elección gobierna también para quienes votaron en contra.

Y quien pierde una elección debe saber hacer oposición sin convertir al ganador y a sus electores en enemigos de la patria.

El gran desafío

Lo ocurrido con Rafael Santos debería servirnos para algo más que para condenar una frase.

Debería obligarnos a mirar el espejo.

Porque la degradación del lenguaje político no pertenece exclusivamente a la derecha ni exclusivamente a la izquierda.

Puede aparecer en cualquier extremo.

Y si los sectores moderados terminan copiando la conducta de los extremos, la política peruana acabará convertida en una sucesión interminable de insultos, etiquetas y provocaciones.

Entonces habremos perdido lo más importante:

la capacidad de discutir juntos cómo construir un país mejor.

Mudo Social debería decirlo con absoluta claridad:

En democracia, nadie está obligado a pensar como nosotros. Pero todos estamos obligados a respetar el derecho del otro a pensar diferente.

Y quizás sea hora de exigir algo más a nuestros candidatos:

menos insultos, menos clichés, menos consignas; más ideas, más argumentos, más propuestas y, sobre todo, más educación política para el ciudadano.

Porque un político que necesita insultar al ciudadano para defender su posición quizá no esté demostrando la superioridad de sus ideas, sino la debilidad de sus argumentos.

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