Política

EL PERÚ NECESITA MENOS CANDIDATOS Y MÁS ESTADISTAS

Una de las tragedias silenciosas de la política peruana es que hemos terminado confundiendo liderazgo con popularidad, campaña con pensamiento y elecciones con construcción nacional.

Durante gran parte del siglo XX, el Perú tuvo partidos políticos que podían ser criticados, cuestionados e incluso combatidos. Pero tenían algo que hoy parece haberse extinguido: ideas.

Detrás de organizaciones como el APRA, la Democracia Cristiana, Acción Popular o incluso las distintas corrientes socialistas, existían visiones de país.

Había doctrina.

Había formación política.

Había discusión intelectual.

Había propuestas para varias generaciones.

Los líderes surgían de procesos largos de aprendizaje, debate y experiencia.

No aparecían de la noche a la mañana porque una encuesta los favorecía o porque disponían de recursos económicos suficientes para financiar una campaña.

Cuando la política era una escuela

Los grandes líderes políticos del pasado podían tener errores, pero poseían algo que hoy escasea profundamente.

Leían.

Estudiaban.

Pensaban.

Escribían.

Debatían.

Conocían la historia del Perú y del mundo.

Entendían los procesos económicos.

Reflexionaban sobre el futuro.

Podía estarse o no de acuerdo con ellos.

Pero era imposible negar que tenían formación.

Víctor Raúl Haya de la Torre dedicó su vida a desarrollar una propuesta para América Latina.

Fernando Belaúnde imaginó una visión de integración territorial y desarrollo nacional.

Luis Bedoya Reyes construyó una corriente de pensamiento socialcristiana.

Incluso sus adversarios reconocían en ellos preparación intelectual y profundidad política.

Hoy esa realidad parece lejana.

La era de los improvisados

La política peruana ha sido progresivamente ocupada por la improvisación.

Los partidos han dejado de formar dirigentes.

Las escuelas políticas prácticamente han desaparecido.

Las organizaciones ya no producen pensamiento.

En muchos casos se han convertido en simples vehículos electorales.

La consecuencia es evidente.

Tenemos candidatos que no conocen la historia nacional.

Dirigentes que desconocen el funcionamiento del Estado.

Líderes incapaces de explicar con claridad sus propias propuestas.

Personajes que hablan diariamente en medios de comunicación sin aportar una sola idea nueva al debate nacional.

La política se ha llenado de opinión.

Pero se ha vaciado de pensamiento.

Empresarios haciendo política y políticos sin ideas

Durante los últimos años ha surgido otro fenómeno preocupante.

Numerosos empresarios han ingresado a la política creyendo que administrar una empresa es equivalente a conducir un país.

No lo es.

La gestión empresarial puede aportar experiencia valiosa.

Pero gobernar una nación requiere una comprensión mucho más compleja de la sociedad, la cultura, la historia, la economía y las instituciones.

Dirigir una empresa implica optimizar recursos.

Dirigir un país implica construir futuro.

Y para construir futuro se necesitan ideas.

Se necesita visión.

Se necesita pensamiento estratégico.

Se necesita un proyecto nacional.

Lamentablemente, buena parte de la política actual se mueve alrededor de intereses inmediatos, cálculos electorales y soluciones de corto plazo.

El Perú sin proyecto

Quizás el problema más grave es que el país ha dejado de discutir hacia dónde quiere ir.

Se habla de crecimiento económico.

Se habla de seguridad.

Se habla de corrupción.

Pero rara vez se habla del Perú que queremos construir dentro de veinte o treinta años.

No existe una visión compartida.

No existe una narrativa nacional.

No existe un horizonte colectivo.

Y cuando una sociedad pierde su horizonte, la política se convierte en administración de crisis permanentes.

La importancia de los partidos doctrinarios

Los partidos doctrinarios no son una reliquia del pasado.

Son una necesidad de toda democracia moderna.

Porque cumplen funciones que ninguna campaña electoral puede reemplazar.

Forman dirigentes.

Producen pensamiento.

Desarrollan propuestas.

Crean identidad política.

Preparan cuadros para gobernar.

Generan debate intelectual.

Y, sobre todo, ayudan a construir proyectos nacionales de largo plazo.

Los países que han logrado mayores niveles de desarrollo poseen organizaciones políticas capaces de pensar más allá de la siguiente elección.

Volver a valorar la formación política

El Perú necesita recuperar el valor de la preparación.

Necesita volver a exigir que quienes aspiran a gobernar posean cultura, conocimiento y capacidad de análisis.

Necesita líderes que enseñen.

Que inspiren.

Que hagan pensar.

Que ayuden a comprender los grandes desafíos nacionales.

La política no puede seguir siendo un concurso de ocurrencias.

No puede seguir dependiendo de frases efectistas, redes sociales o campañas publicitarias.

El país necesita inteligencia colectiva.

La tarea de una nueva generación

Las próximas décadas exigirán decisiones complejas.

La revolución tecnológica.

La inteligencia artificial.

La crisis climática.

La transformación del empleo.

La modernización del Estado.

La formalización de millones de trabajadores.

El fortalecimiento de las MYPES.

La descentralización.

La competitividad global.

Nada de ello podrá enfrentarse con improvisación.

Se necesitarán dirigentes preparados.

Partidos con ideas.

Instituciones fuertes.

Y una ciudadanía que vuelva a valorar el pensamiento político.

Menos candidatos, más estadistas

El Perú no necesita más vendedores de ilusiones.

No necesita más operadores electorales.

No necesita más caudillos improvisados.

Necesita estadistas.

Hombres y mujeres capaces de pensar el país más allá de la próxima encuesta.

Capaces de construir propuestas para las próximas generaciones.

Capaces de comprender que la política no consiste solamente en ganar elecciones.

Consiste en construir una nación.

Y esa es, quizás, la gran tarea pendiente de nuestro tiempo.

Volver a formar líderes con ideas, principios y visión de futuro.

Porque los países no se transforman únicamente con votos.

Se transforman con pensamiento.

Y el Perú necesita volver a pensar en grande.

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