Tecnología

Amazon lo tenía todo listo para atacar el monopolio de Starlink. Hasta que Blue Origin explotó en pedazos

La reciente explosión del cohete New Glenn de Blue Origin ha puesto de manifiesto las diferencias fundamentales que existen entre la forma de trabajar de esta empresa y la de SpaceX, una brecha que va mucho más allá de un simple accidente técnico y que tiene consecuencias importantes para el sector espacial y para proyectos clave a nivel mundial.

La forma de entender las pruebas y los errores es lo que marca la diferencia. El primer vuelo del Starship de SpaceX, el 20 de abril de 2023, terminó con la destrucción del vehículo menos de cuatro minutos después del despegue, pero todo el equipo de la compañía celebró el suceso con gran entusiasmo. Para SpaceX, esta clase de resultados no son fracasos, sino parte de una estrategia: las pruebas se diseñan para llevar los cohetes al límite, y si estos se destruyen durante los ensayos, se considera que se ha cumplido el objetivo, ya que lo que se busca es aprender rápido de los errores. En este modelo, las explosiones suelen ser controladas y forman parte del proceso de desarrollo. Algo muy distinto ocurrió con el accidente del New Glenn: se trataba de un vehículo considerado de producción, destinado a realizar misiones operativas, y lo que ocurrió no era una prueba diseñada para fracasar, sino un contratiempo que afecta directamente a su capacidad de funcionar como servicio comercial. No es lo mismo perder un cohete sin carga útil para investigar y mejorar, que perder uno que transportaba equipos o satélites de clientes que dependen de que la misión salga bien.

 

El impacto del accidente va más allá del coste del propio cohete. Blue Origin solo cuenta con una rampa de lanzamiento operativa para este modelo, la instalación LC-36, y los daños causados en la torre y los sistemas de soporte obligarán a paralizar sus actividades durante meses mientras realizan las reparaciones correspondientes, según ha informado la compañía, que ya ha anunciado que tiene un plan para reconstruir la infraestructura. Además, el contratiempo afecta directamente a proyectos de gran relevancia. El más inmediato es el despliegue de la red Kuiper de Amazon, que contaba con este lanzamiento para poner en órbita los primeros 49 satélites; Amazon necesita colocar miles de unidades para competir con Starlink, y cada mes de retraso supone una ventaja adicional para su rival SpaceX. Tampoco es menor el efecto sobre las misiones de la NASA: el New Glenn es un elemento clave para la logística del programa Artemis, que tiene como objetivo volver a enviar astronautas a la Luna, y el accidente obligará a la agencia espacial a replantear sus planes. La NASA depende cada vez más de un solo proveedor —SpaceX—, una situación que podría haberse evitado si hubiera contado con alternativas fiables, por lo que este problema puede llevar a retrasos importantes en los proyectos previstos para los próximos años.

 

La experiencia de SpaceX muestra cómo se construye la fiabilidad con el tiempo y los ensayos. Un ejemplo claro es el cohete Falcon 9: tras años de pruebas, fallos y correcciones, hoy tiene una tasa de éxito superior al 99%, habiendo completado más de 640 misiones con muy pocos problemas. Lo que antes era una tecnología en desarrollo, con sus aciertos y sus errores, se ha convertido en un sistema seguro y constante. Por el contrario, Blue Origin pareció optar por una estrategia distinta: en lugar de avanzar mediante pruebas y aprendizaje gradual, buscaba presentar un producto ya terminado y perfecto desde el primer momento. Sin embargo, la realidad demuestra que alcanzar la fiabilidad requiere tiempo, experiencia y la capacidad de asumir errores como parte del proceso, y este tropiezo supone un retraso importante en sus planes y en los proyectos que dependen de su trabajo.

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