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En 1938, la construcción de una presa sumergió y condenó un pueblo de EEUU. 90 años después, ha emergido por las sequías

St. Thomas guarda una paradoja histórica que parece sacada de un relato: nació gracias al agua, fue borrado por ella y, nueve décadas después, ha vuelto a ver la luz porque esa misma agua está desapareciendo. Las ruinas de este antiguo asentamiento del sur de Nevada han ido emergiendo poco a poco a medida que el lago Mead, el mayor embalse de Estados Unidos, ha ido perdiendo volumen, y en agosto de 2026 ha alcanzado niveles tan bajos que no se registraban desde que comenzó a llenarse hace unos noventa años. La historia de este pueblo comenzó en 1865, cuando un grupo de pioneros mormones se estableció en un valle fértil situado a unos cien kilómetros al este de Las Vegas, cerca de donde confluyen los ríos Virgin y Muddy. En medio de un entorno mayoritariamente árido, encontraron un recurso extraordinariamente valioso: agua suficiente para abrir canales de riego y dedicarse al cultivo de melones, sandías, algodón y otros productos que convirtieron el lugar en un punto próspero. Aquellos primeros colonos creían estar en territorio de Utah, pero una medición federal determinó que el asentamiento pertenecía en realidad a Nevada; las autoridades reclamaron impuestos atrasados, muchos de los fundadores se negaron a pagarlos y en 1871 decidieron abandonar el lugar.

 

Sin embargo, la marcha de los primeros pobladores no supuso el fin del pueblo: por el contrario, llegaron nuevos habitantes, la agricultura se amplió y St. Thomas se consolidó como una escala comercial y agrícola relevante en la ruta entre Salt Lake City y Los Ángeles. La llegada del ferrocarril en 1912 impulsó aún más su crecimiento, y en sus años de mayor esplendor acogió a unos quinientos habitantes, con calles flanqueadas por álamos, casas con jardines, escuela, oficina de correos, hotel, tienda, cafetería, garaje, salón de billar e incluso una heladería: una comunidad pequeña pero completa y bien establecida en mitad del desierto. Todo cambió cuando en 1928 el Congreso de los Estados Unidos aprobó la construcción de la presa Hoover sobre el río Colorado, una obra monumental destinada a controlar inundaciones, generar electricidad y garantizar el suministro de agua a una región en plena expansión. El proyecto creó el lago Mead, y el pueblo de St. Thomas quedó dentro de la zona destinada a ser inundada. El agua comenzó a subir en 1935, los habitantes recibieron compensaciones y abandonaron sus viviendas progresivamente; el último en irse fue Hugh Lord, responsable del garaje local, que resistió hasta el 11 de junio de 1938, cuando despertó con el agua rodeando su cama, cargó sus pertenencias en una barca, prendió fuego a su casa y se alejó remando.

 

Las calles, los edificios y los espacios públicos desaparecieron bajo la superficie. En los momentos de mayor nivel del embalse, las construcciones más altas de St. Thomas quedaron sumergidas hasta dieciocho metros de profundidad. Durante décadas fue un pueblo fantasma accesible solo para buceadores, que podían recorrer bajo el agua cimientos, escaleras, postes y restos de lo que un día fue una comunidad viva. Hubo momentos en que el nivel del lago bajó lo suficiente para dejar ver porciones del asentamiento, permitiendo reuniones de antiguos vecinos y sus descendientes en 1945, 1963 y 2012, pero siempre el agua terminaba cubriéndolo de nuevo. A partir del año 2000 la situación cambió de forma radical: una larga y profunda sequía comenzó a reducir el volumen del embalse, y en menos de dos décadas su nivel descendió unos cuarenta y tres metros. St. Thomas fue saliendo de nuevo a la superficie, dejando de ser un lugar para explorar bajo el agua para convertirse en un sitio al que se puede llegar caminando. Hoy existe un sendero de unos cuatro kilómetros que permite recorrerlo y distinguir los cimientos del hotel Gentry, las escaleras de la escuela o la inconfundible chimenea de la heladería Hannig, uno de los elementos más reconocibles que han sobrevivido.

 

En agosto de 2026 la situación ha llegado a un nuevo punto crítico: el lago Mead ha descendido hasta los 317 metros sobre el nivel del mar, prácticamente la cota más baja desde que empezó a llenarse, y las previsiones indican que puede seguir bajando durante gran parte del resto del año. Lo que parece una curiosidad histórica tiene en realidad un significado mucho más profundo y preocupante. El río Colorado suministra agua a unos cuarenta millones de personas repartidas en siete estados estadounidenses, territorios indígenas y zonas de México, además de regar millones de hectáreas de cultivo, y su sistema hídrico soporta la presión combinada de décadas de sobreexplotación, sequías más persistentes, temperaturas cada vez más altas y una reducción notable de la nieve que se acumula en las Montañas Rocosas y alimenta el río en los meses de deshielo. El lago Powell, el segundo gran embalse del río, atraviesa también niveles históricamente bajos, y el Gobierno federal está preparando recortes en el consumo de agua que afectarán a millones de personas. St. Thomas se ha convertido así en un símbolo involuntario de esta crisis: hace casi noventa años, una nación construyó una gran obra de ingeniería y el agua cubrió un pueblo para siempre; hoy, esa misma agua escasea y el pueblo ha vuelto a aparecer, como un recordatorio visible de que los recursos que sostienen a regiones enteras no son inagotables.

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