En junio de 2024, Apple dio a conocer uno de los proyectos más relevantes de su última etapa al presentar la llegada de Apple Intelligence y la renovación completa de Siri, una apuesta que se planteó como la respuesta definitiva a la revolución de la inteligencia artificial iniciada con la aparición de herramientas generativas a finales de 2022, y que prometía transformar por completo la relación con los dispositivos al ser capaz de comprender el contexto de cada usuario, recordar información dispersa en mensajes, citas del calendario o enlaces compartidos, y realizar acciones complejas de forma natural y autónoma. La expectativa generada fue inmensa, pero pronto se transformó en decepción cuando la compañía anunció primero que la funcionalidad se retrasaría hasta 2026 y, posteriormente, que ni siquiera llegaría inicialmente al mercado europeo, todo ello sin ofrecer explicaciones detalladas que justificaran esos cambios de calendario, lo que afectó la percepción de fiabilidad de una marca que suele caracterizarse por presentar sus avances como productos totalmente terminados y preparados para funcionar a la perfección. Sin embargo, esta costumbre de mostrar una visión de futuro mucho más avanzada que su desarrollo real no es una práctica nueva dentro de la empresa, ya que como han señalado analistas cercanos a la marca y testimonios de antiguos empleados, en ocasiones se llega a presentar en escenario funciones que apenas existen en laboratorio o que solo funcionan en condiciones muy controladas, confiando en la capacidad de la compañía para terminarlas y perfeccionarlas mucho después de haberlas mostrado al mundo.
Esta forma de trabajar tiene uno de sus ejemplos más conocidos en la presentación histórica del primer iPhone, un momento que se recordó como un hito de la ingeniería y el diseño, pero que ocultaba una fragilidad técnica enorme bajo una apariencia impecable: según revelaron ingenieros que participaron en el proyecto, el sistema operativo estaba lleno de errores graves, la memoria disponible era tan escasa que bastaban dos o tres acciones simultáneas para que el dispositivo se reiniciara, y muchas de las demostraciones solo eran posibles si se seguía una secuencia exacta de pasos conocida como “el camino dorado”, sin desviarse ni en el orden ni en el tiempo, contando incluso con varios ejemplares de repuesto listos sobre el escenario para cambiarlo discretamente si alguno fallaba. Además de esos problemas básicos, el equipo tuvo que resolver retos adicionales impuestos por la propia exigencia estética, como diseñar sistemas de cableado especiales para proyectar la pantalla sin que se viera ninguna cámara intermedia, o modificar los puntos de acceso a internet para que emitieran en frecuencias reservadas a otros países y evitar así interferencias con las conexiones de los miles de asistentes que llevaban sus propios dispositivos al recinto, logrando con todos estos trucos y preparativos extremos que aquello que parecía un producto revolucionario y maduro ante el público fuera en realidad una construcción muy frágil, ensamblada específicamente para que todo saliera bien durante esos minutos de presentación.
