Tecnología

Hace un año, Micron ganaba 3.200 millones por trimestre. Ahora gana más que Apple

 

 

Micron ha cerrado el último trimestre con 37.700 millones de dólares de beneficio, frente a los 3.201 millones conseguidos en el mismo periodo hace un año. Para ponerlo en perspectiva: en ese mismo lapso, Apple —una de las empresas más rentables y valiosas del planeta— registró unas ganancias de 29.800 millones sobre unos ingresos de 109.400 millones, es decir, con unos ingresos prácticamente el doble que los de Micron, pero beneficios muy inferiores. Es una comparación que descoloca, porque durante décadas la memoria fue considerada un componente secundario, un recurso abundante y de bajo margen, nunca el motor de beneficios que vemos hoy.

 

La razón de esta transformación radical se resume en una sola palabra: inteligencia artificial. La memoria ha dejado de ser un accesorio intercambiable para convertirse en el verdadero cuello de botella de toda la industria tecnológica. Y quien controla ese cuello de botella cobra un peaje tan descomunal como el que estamos presenciando ahora mismo.

 

Las cifras no dejan lugar a dudas y hablan por sí solas. El margen bruto ajustado de Micron alcanzó el 87% en este trimestre, una cifra que roza lo excepcional y que supera con creces lo que consiguen la mayoría de las empresas de tecnología, incluidas las grandes marcas de consumo. Su margen neto se acercó al 70%, lo que significa que por cada dólar que ingresa, se queda con casi 70 centavos de beneficio. En comparación, Apple obtiene unos 27 centavos por cada dólar de ingresos. La rentabilidad por acción también da la medida del cambio: se espera que este año genere 74,33 dólares por título, cuando su mejor resultado hasta la fecha —registrado en 2018— apenas llegaba a los 11,51 dólares. En bolsa, la acción ha subido un 250% en lo que va de año y un 500% en los últimos doce meses, una escalada que refleja la confianza de los inversores en que este nuevo estatus de la memoria no es algo pasajero.

 

Entre líneas hay una transformación estructural de enormes consecuencias. La memoria ya no es un componente más que se abarata con el tiempo y se elige por precio; hoy supone cerca de la mitad del coste total de componentes de un sistema destinado a centros de datos. Tener más memoria, y más rápida, significa que los modelos de IA pueden ser más grandes, más rápidos y más eficientes, lo que a su vez abre nuevas capacidades que antes eran impensables. Por eso los clientes se comportan con la memoria igual que con un recurso estratégico escaso, igual que se comportan las naciones con el petróleo: la compran por adelantado, aseguran suministros a largo plazo y pagan depósitos millonarios para no quedarse fuera. Micron ha firmado ya 26 contratos estratégicos plurianuales que representarán más del 35% de sus ingresos hasta 2030, y ha recibido por adelantado 12.700 millones en depósitos. Nadie paga por adelantado cantidades así por algo que sobra. La memoria es hoy un bien escaso, codiciado y decisivo para el futuro de la economía digital.

 

Y lo más preocupante para todos los sectores que dependen de ella: la escasez no tiene visos de desaparecer pronto. La demanda de memoria de alta velocidad, especialmente la necesaria para alimentar modelos de IA, crece a un ritmo superior al 100% anual. Sin embargo, ampliar la capacidad de fabricación de chips de memoria es un proceso lento, costoso y complejo que apenas puede crecer entre un 40% y un 50% al año. Micron estima que este desequilibrio se mantendrá, e incluso se agravará, al menos hasta 2028.

 

Pero no todo es favorable indefinidamente. La memoria ha sido históricamente un negocio marcado por ciclos pronunciados: los precios altos atraen nuevas inversiones y capacidad de producción, y en cuanto esa nueva capacidad entra en funcionamiento, los precios tienden a caer. Parte de los resultados extraordinarios de Micron responden a unos niveles de precio que no se sostendrán eternamente. Además, un margen bruto cercano al 90% puede resultar insostenible no solo por la dinámica del mercado, sino porque puede percibirse como un abuso de posición dominante, lo que podría atraer la atención de reguladores y generar reacciones políticas.

 

La pregunta más importante, sin embargo, no es cuánto gana Micron, sino quién está pagando todo esto. Los grandes operadores de centros de datos y las empresas que desarrollan modelos de IA pueden permitirse estos costes porque ven retornos crecientes en sus propios negocios. Pero el resto del mercado —fabricantes de portátiles, teléfonos, consolas, electrodomésticos y dispositivos electrónicos de consumo— compite por las mismas fábricas y los mismos componentes, sin tener ingresos vinculados a la IA con los que absorber la subida. Esto significa que el encarecimiento de la memoria se trasladará inevitablemente a los productos que compramos a diario: equipos más caros, ciclos de renovación más largos y dispositivos en los que se recorta memoria para mantener precios asequibles, todo lo cual afecta directamente a la experiencia de uso del consumidor.

 

Durante décadas dimos por hecho que la memoria sería cada vez más abundante, más rápida y más barata, siguiendo la pauta general de la tecnología. Esa tendencia se ha roto. Hoy la memoria es un recurso estratégico, escaso y carísimo, que marca el ritmo al que avanza la inteligencia artificial y, por extensión, el desarrollo de toda la economía digital. Y al menos durante los próximos años, no hay señales de que esto vaya a cambiar.

 

 

 

 

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