A las 17:00 horas del pasado 23 de enero, un corte de energía eléctrica sumió en caos parcial al Hospital del Niño de Breña, uno de los centros pediátricos de referencia nacional. Ningún generador de respaldo se activó de manera inmediata. Se evidenció la ausencia de un protocolo de emergencia, poniéndose en riesgo a los pequeños pacientes. De hecho, una cirugía ya iniciada debió continuarse con la luz de celulares y linternas.
Este incidente es ejemplo de una degradación progresiva de la salud pública en el Perú, que, más allá de las recurrentes quejas por falta de presupuesto –argumento que, si bien válido, a menudo opaca otras deficiencias más estructurales– encuentra una de sus causas directas y más preocupantes en una crisis de liderazgo de servicio, agravada por la falta de interés fiscalizador del Congreso de la República actual, en el mando del gobierno desde diciembre de 2022.. Observando el presupuesto del Hospital del Niño de Breña, vemos una ejecución de gasto de apenas un 17% hacia septiembre de 2025. ¿Cómo explicar que una institución que atiende a miles de niños, muchos de ellos en situaciones vulnerables y críticas, no logre convertir los recursos asignados en mejoras concretas, en mantenimiento preventivo, en insumos garantizados o, en el caso del apagón, en un sistema de energía de respaldo funcional?
Más allá de las complejidades burocráticas inherentes a cualquier administración pública, o de la corrupción que siempre merodea los grandes presupuestos, el núcleo del problema parece residir en una profunda crisis de liderazgo de servicio, que a su vez genera una falta de visión estratégica, de capacidad de planificación a mediano y largo plazo, y de una gestión orientada a resultados que priorice las necesidades reales de la población y del personal de salud. Este vacío de liderazgo se ha acelerado durante el periodo en que el actual Congreso de la República ha asumido el gobierno del Perú, con Dina Boluarte y José Jerí de sucesivos operadores. En este período la mayoría de congresistas ha mostrado una total falta de interés y capacidad para fiscalizar de manera efectiva la calidad de los servicios públicos, incluido el de salud.
Ante este panorama, las elecciones generales en curso son una oportunidad crucial para revertir esta tendencia de deterioro en la calidad de los servicios públicos, en la medida en que se vote para escaños en el Senado y en la Cámara de diputados y diputadas, por personas cuyas trayectorias personales y profesionales muestren un compromiso real y probado con el servicio público, la ética y el control de la calidad de las prestaciones que el Estado ofrece. Se necesitan representantes legislativos que entiendan que su función no se agota en la elaboración de leyes, sino que incluye una labor de fiscalización constante, exigente y técnicamente informada. El futuro de la salud pública, y de otros servicios esenciales, dependerá en gran medida de la capacidad del Congreso para convertirse en un garante de que los recursos del Estado se gestionen con transparencia, eficiencia y sentido de servicio a la sociedad. La oscuridad que vivió el Hospital del Niño de Breña ese 23 de enero fue momentánea, pero la sombra de la mala gestión y la falta de liderazgo político permanece. Ante ello, sí es posible encontrar luces entre las candidaturas en pugna por la confianza de la gente. En nuestros ojos está el encontrarlas para votar por ellos o ellas.
