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El Papa no cayó en el juego de López Aliaga

Rafael López Aliaga ha querido vendernos la idea de que su frustrado encuentro con el Papa León XIV fue producto de una “campaña difamatoria” y de “cartas malintencionadas”. Pero el Vaticano no es ingenuo, ni se deja manipular por cuatro misivas ni por presiones mediáticas.

El Papa conoce el Perú, su realidad política, y también sabe perfectamente quién es López Aliaga: un político con discurso intolerante, de corte ultraconservador, miembro del Opus Dei y cercano a sectores que el mismo Francisco ha cuestionado duramente. No olvidemos que el actual Pontífice acaba de disolver recientemente grupos religiosos con prácticas abusivas, y ha marcado distancia de la instrumentalización política de la fe.

Lo que ocurrió en Roma no es censura ni persecución: es neutralidad política. El Vaticano tiene reglas muy claras en periodos electorales, y más aún cuando el líder de la Iglesia tiene vínculos de nacionalidad con el país en cuestión. Recibir en audiencia privada a un candidato en plena precampaña equivaldría a darle un aval papal, algo que Francisco ha evitado incluso en países donde sus simpatías políticas son conocidas.

López Aliaga no fue a Roma solo como alcalde: fue como político en campaña, en medio de un despliegue de recursos y viajes que la ciudadanía merece saber de dónde se financian. El Papa, prudente, prefirió no prestarse a una fotografía que luego se usaría en mítines y propaganda electoral.

El intento de confusión

La narrativa de López Aliaga busca confundir a sus seguidores: presentarse como mártir, como víctima de una conspiración laicista, y así capitalizar la fe de los peruanos. Pero la realidad es que no hubo veto personal, sino aplicación de las reglas de protocolo que rigen para todos los políticos del mundo.

En vez de culpar a terceros, López Aliaga debería explicar con transparencia de dónde salen los fondos para sus viajes, eventos y campañas, y dejar de usar la religión como plataforma política.

Fe y política no se deben mezclar

El Papa Francisco ha sido claro: la fe no debe convertirse en instrumento de manipulación. Los gestos religiosos no son medallas para exhibir en campaña. Y en este caso, el Vaticano simplemente recordó que su misión es espiritual, no electoral.

El Perú necesita políticos que entiendan esta diferencia y que no pretendan convertir su credo personal en un proyecto de poder. Porque cuando la religión se usa para dividir, el daño a la democracia es enorme.

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