Cada 15 de mayo, el Ministerio de la Producción saca pecho con cifras que suenan bonitas en los discursos oficiales. Más de 2 millones 441 mil mypes formales. El 99.2% del tejido empresarial del país. 10.3 millones de puestos de trabajo. Un aporte del 20.6% al PBI. Ventas por S/ 358,947 millones en 2025, creciendo 3.9%.
Suenan bien, ¿verdad? Parece que todo marcha sobre ruedas. Pero detrás de esos números fríos hay una realidad que ninguna estadística captura: la de millones de peruanos y peruanas que cada maldito día libran una batalla desigual. No contra el mercado. No contra la competencia. Contra su propio Estado. Contra sus propios municipios. Contra la Sunat. Contra las grandes empresas que los usan y los pagan cuando se les da la gana.
Las mypes no son «un sector más» de la economía. Son la economía. Son la ferretería de la esquina que conoce tu nombre. La bodega que te fía hasta el fin de mes. El taller de confecciones que emplea a tres mamás solteras. La pollería del mercado donde come medio barrio. El taller de metalmecánica, La carpintería que lucha por comprar una máquina nueva. Sin ellas, el Perú simplemente se para. Con ellas, aguanta a pesar de todo.
¿Y qué reciben a cambio?
Hostigamiento. La Sunat se ha convertido en la principal liquidadora de las mypes. En lugar de ser un aliado para la formalidad, es un vampiro que asfixia con fiscalizaciones desproporcionadas, multas que duelen como puñales y una burocracia hecha para que el pequeño termine rindiéndose. No se entiende: persiguen al que genera empleo como si fuera un evasor serial.
Abandono municipal. Los municipios, en lugar de facilitar, ponen trabas. Licencias eternas, arbitrios que no se corresponden con la realidad, fiscalizadores que más que orientar, extorsionan. El pequeño empresario ve al alcalde o al fiscalizador como un enemigo, no como un aliado.
Abuso de las grandes. Y cuando no es el Estado, son las grandes empresas y las propias entidades estatales. Les compran a las mypes, les exigen calidad y puntualidad, pero les pagan a 60, 90 o 120 días. Juegan con el flujo de caja del pequeño como si fuera un juguete. ¿El resultado? Mypes que quiebran no por malas, sino porque las ahogaron en plazos. Eso no es competencia. Esa es violencia económica legalizada.
Indiferencia del Estado central. Los discursos del Ministerio de la Producción son lírica pura. Prometen apoyos, capacitación, créditos. Pero en la práctica, el Estado no entiende que su papel no es joder, no es poner palos en la rueda. Su papel es fomentar, proteger, cuidar. Porque las mypes le resuelven al Estado el problema más grande que tiene: generar millones de puestos de trabajo. Si no fuera por ellas, el Estado tendría que hacerlo. Y ya sabemos que no sabe ni quiere.
Por eso, yo que vengo de este sector, que vivo en carne propia esta valía y esta lucha, digo sin miedo: los micro y pequeños empresarios son héroes de verdad. No los de cartón. No los de los comerciales de televisión. Son guerreros que cotidianamente tienen que lidiar con falta de recursos, falta de mercados, falta de tecnología, falta de crédito. Y aun así, crecen. Aun así, generan empleo. Aun así, sobreviven. Su progreso se hace a pesar de.
¿Se imaginan si este sector tuviera el apoyo que merece? ¿Si el Estado, en todos sus niveles, simplemente dejara de joder? ¿Si pagaran a tiempo? ¿Si la Sunat orientara en lugar de liquidar? ¿Si los municipios facilitaran en lugar de entorpecer? Eso solo ya sería un avance gigantesco. Pero necesitamos más. Necesitamos políticas activas: compra estatal prioritaria a mypes con pago ágil, créditos reales, fiscalización educativa, y una ley que castigue los abusos en los plazos de pago de las grandes empresas.
Las mypes no piden limosna. Piden tregua. Piden respeto. Piden una sola cosa: que las dejen trabajar.
Porque trabajar es lo único que sabemos hacer. Lo que nos saca adelante. Lo que emplea a nuestros vecinos. Lo que mueve este país cuando el Estado brilla por su ausencia o por su abuso.
Así que hoy, Día de la Mype, no pido brindis vacíos ni discursos de funcionarios. Pido acción. Pido que nos dejen en paz.
