Internacional

Ninguna ola política es eterna, Milei se siente  triunfador,  pero es tan frágil su éxito y es consciente de ello, por eso recurre al insulto y la descalificación

Javier Milei y otros gobernantes identificados con su misma corriente ideológica pueden disfrutar hoy de una coyuntura política favorable. Sin embargo, la historia enseña que nada en la vida pública es inmutable. Los ciclos políticos cambian, las sociedades evolucionan y los pueblos, tarde o temprano, exigen respuestas cuando las promesas no se traducen en bienestar, justicia y oportunidades.

Vendrán tiempos en que surgirán nuevas alternativas, más humanas, más dignas y más comprometidas con la independencia de sus naciones. Proyectos políticos capaces de defender la soberanía, promover el desarrollo con inclusión y construir relaciones internacionales basadas en el respeto mutuo, no en el sometimiento vergonzoso a intereses ajenos.

Por algún tiempo pueden imponerse la descalificación, el insulto, la confrontación permanente, la intolerancia, la persecución política y el debilitamiento de las instituciones democráticas como si fueran herramientas legítimas para gobernar. Pero ninguna sociedad puede sostener indefinidamente un clima de polarización donde el adversario es tratado como enemigo y el diálogo es reemplazado por la agresión.

La experiencia histórica demuestra que los extremos terminan erosionando la convivencia democrática. El lenguaje del odio y de la intolerancia nunca ha sido el camino para construir sociedades libres, prósperas y cohesionadas. La democracia exige pluralismo, respeto por quien piensa distinto y la convicción de que las diferencias deben resolverse mediante las instituciones y el Estado de derecho.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil calificó las declaraciones del presidente argentino como una «afrenta».

Los gobiernos tienen la obligación de respetar la independencia de los poderes públicos, garantizar las libertades fundamentales y escuchar las aspiraciones de sus ciudadanos. Gobernar no puede significar únicamente responder a los intereses de los grupos económicos más poderosos ni convertir al Estado en un instrumento al servicio de unos pocos. La política debe recuperar su verdadera razón de ser: servir al bien común.

Los pueblos no demandan gobiernos perfectos, pero sí gobiernos responsables, capaces de combinar crecimiento económico con justicia social, libertad con igualdad de oportunidades, autoridad con respeto irrestricto a los derechos humanos y eficiencia con transparencia.

Las coyunturas pasan. Los liderazgos también. Lo que permanece es la necesidad de construir democracias sólidas, donde el poder tenga límites, las instituciones sean respetadas y el desarrollo alcance a las grandes mayorías. Esa sigue siendo la mejor garantía para preservar la dignidad de las personas y la independencia de las naciones.

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