Los PFAS (sustancias per y polifluoroalquílicas) son compuestos artificiales que están en todas partes: en las sartenes antiadherentes, en los envases de comida rápida, en la ropa impermeable y en las espumas que usan los bomberos para apagar incendios. El problema es que no se descomponen, ni en el agua ni en el suelo, y por eso llevan el apodo de “químicos eternos”.
En los seres humanos, su exposición se vincula con daños al sistema inmune, alteraciones de tiroides y mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer. Ahora, un grupo de investigadores de Argentina y Estados Unidos confirmó que estos compuestos llegaron a la costa de Chubut, en la Patagonia argentina, donde anidan colonias de pingüinos de Magallanes.
En el estudio, publicado en la revista Earth: Environmental Sustainability, reportaron la detección de PFAS en el 90,7% de las bandas de silicona analizadas, en una región con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado.
“Hicimos el monitoreo en las zonas donde los pingüinos se alimentan en un período específico del año cuando están criando a sus pichones”, resaltó la científica argentina Marcela Uhart, coautora y directora del Programa para América Latina del Centro Karen Drayer de la Universidad de California en Davis, Estados Unidos.
Para hacer el estudio, los investigadores colocaron bandas de silicona en las patas de las aves. Eso les permitió medir la exposición externa por contacto y no la acumulación interna de sustancias en sangre u órganos.
El equipo estuvo formado por investigadores de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo (SUNY Buffalo) y de la Universidad de California en Davis.
También colaboraron los científicos Luciana Gallo y Flavio Quintana, del Instituto de Biología de Organismos Marinos (IBIOMAR), y Gabriela Blanco, del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos (CESIMAR) del Conicet. Gallo también forma parte del SENASA en Puerto Madryn.
Los investigadores colocaron pequeñas bandas de silicona en la pata de 55 pingüinos durante tres temporadas de cría consecutivas, entre 2022 y 2025. Cada ave portó la banda solo entre 2 y 9 días.
Los trabajos de campo se hicieron en dos colonias de pingüinos de la costa de Chubut que están separadas por unos 490 kilómetros: San Lorenzo, la más grande de la especie con más de 200.000 parejas reproductoras, y Cabo Dos Bahías, una colonia más pequeña con menos de 9.800 parejas.
Las bandas funcionan como “esponjas químicas”: absorben los contaminantes del entorno que el animal frecuenta —el nido, la costa y el mar— durante el tiempo que permanecen puestas.
Los investigadores analizaron las bandas colocadas en las aves con una técnica llamada cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas en tándem, que permite identificar compuestos químicos aun en concentraciones muy bajas. El método ya había sido usado en humanos, perros, gatos y anfibios, pero esta fue la primera vez que se aplicó en aves marinas silvestres.
Las bandas se ajustaron al tobillo de cada animal con al menos 2 a 3 milímetros de margen para no limitar sus movimientos, y colocarlas y retirarlas tomó entre uno y dos minutos por ave, sin causarles dolor ni estrés visible. Hasta ahora la única forma de medir la exposición a contaminantes en aves silvestres era a través de muestras de sangre o plumas.
“Las muestras tradicionales, como sangre y plumas, reflejan principalmente los contaminantes que los pingüinos incorporan a través de su dieta. Las bandas de silicona, en cambio, registran la exposición acumulada en todos los entornos que el animal frecuenta: el nido, la costa y el mar, con independencia de las presas específicas que consuma. Miden la contaminación del ambiente del pingüino, no la de su alimento”, aclaró Uhart.
Resaltó que eligieron el período de crianza de pichones porque “en esa etapa los pingüinos regresan casi a diario a la colonia para alimentar a sus crías, lo que garantizó la recuperación de las bandas para su análisis en el laboratorio”.
El análisis detectó un total de nueve compuestos PFAS: cinco de uso industrial anterior al año 2000 —llamados “heredados”— y cuatro de nueva generación, desarrollados como sustitutos de los primeros.
Entre los heredados apareció el PFOS, una sustancia que Argentina prohibió en 2019 en cumplimiento de la Convención de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes, y que aun así se detectó en el 13% de las muestras entre 2022 y 2024.
El compuesto emergente 6:2 FTS, que está asociado al uso de espumas contra incendios, no apareció en ninguna muestra de la temporada 2022/2023, pero llegó al 100% de detección en Cabo Dos Bahías durante 2024/2025, con una tendencia de aumento tanto en frecuencia como en concentración a lo largo del estudio.
Diana Aga, profesora distinguida del Departamento de Química de SUNY Buffalo y autora principal, advirtió que la presencia del compuesto HFPO-DA, uno de los sustitutos de nueva generación, y de otros PFAS de reemplazo demuestra que estos compuestos no se quedan cerca de sus fuentes industriales sino que alcanzan ecosistemas remotos.
La científica señaló que eso genera preguntas sobre si los sustitutos diseñados como alternativas más seguras son realmente menos persistentes.
Una de las muestras registró una concentración de PFOS de 16,23 nanogramos por gramo de silicona, muy por encima del promedio general de 2,26 ng/g. Los investigadores indicaron que el origen de esa exposición puntual es desconocido, pero que el dato sugiere la existencia de focos localizados de contaminación en el mar patagónico.
La doctora Uhart sostuvo en la entrevista con Infobae que el estudio indica que “se puede considerar a los pingüinos como detectives de su entorno, ya que ellos registran lo que hay en su ambiente».
“Los pingüinos indican de esta manera lugares en el mar donde valdría la pena monitorear en profundidad, ya que aquí solo registramos lo que ellos han detectado en sus viajes en procura de alimento para sus pichones”, agregó.
A partir de los resultados, sugirieron que futuras investigaciones combinen ambos métodos para avanzar en la evaluación de riesgos.
“Vamos a probar la misma técnica en cormoranes imperiales que se alimentan en áreas distintas que los pingüinos y además bucean, en general entre 20 y 30 metros», concluyó Uhart.
