La reciente declaración de Keiko Fujimori —“no es segura su presencia en Palacio de Gobierno hasta julio”— no es una frase suelta ni una opinión coyuntural. Es, en realidad, una radiografía brutal del poder que hoy gobierna el Perú sin necesidad de ganar elecciones.
Keiko Fujimori no habló como una lideresa opositora ni como una ciudadana preocupada por la institucionalidad. Habló como quien administra los tiempos del poder, como quien se siente con la autoridad de anticipar el destino de un presidente interino. Y eso, en una democracia formal, debería alarmar.
El Congreso como dueño del reloj político
Lo que esta declaración revela es que el Congreso —controlado por Fuerza Popular y un cogollo de partidos aliados— ya no actúa como un poder del Estado, sino como un poder fáctico que decide quién gobierna, hasta cuándo y bajo qué condiciones. El presidente interino José Jerí no aparece como jefe de Estado, sino como una pieza temporal, tolerada mientras no incomode los intereses del bloque dominante.
No se trata de investigaciones ni de transparencia. Se trata de control. La advertencia de Fujimori es clara: el cargo no te pertenece, te lo prestamos. La amenaza de la vacancia —explícita o implícita— se ha convertido en el principal mecanismo de disciplinamiento político.
Gobernabilidad condicionada, no democrática
Resulta revelador que la misma lideresa que días antes pedía la continuidad de Jerí “por responsabilidad y gobernabilidad”, hoy sugiera que su permanencia está en duda. Esa contradicción no es error: es método.
En el Perú actual, la gobernabilidad no se construye sobre reglas claras ni sobre el respeto al mandato constitucional, sino sobre pactos frágiles, silencios cómplices y advertencias públicas. El mensaje es simple: gobierna mientras obedezcas.
Una democracia interina
No solo tenemos un presidente interino. Tenemos una democracia interina, capturada por un Congreso que legisla para sí mismo, presiona al Ejecutivo y convierte la lucha contra la corrupción en una herramienta selectiva. Las investigaciones ya no buscan verdad ni justicia: funcionan como fichas de negociación política.
Cuando una lideresa partidaria puede anunciar, con naturalidad, que un presidente podría no llegar a julio, queda claro que el poder real no está en Palacio, sino en el Parlamento y en los acuerdos que este teje en la sombra.
El peligro de normalizar el autoritarismo congresal
Lo más grave no es la frase, sino su normalización. Que ya no sorprenda. Que se acepte como parte del juego. Ese es el verdadero triunfo del autoritarismo: cuando deja de parecer autoritario.
La democracia no muere solo con golpes de Estado. También muere cuando el poder se ejerce sin pudor, cuando las advertencias reemplazan a las normas y cuando el país acepta que su destino se decida en conferencias de prensa y no en la Constitución.
Hoy, Keiko Fujimori no solo habló de José Jerí. Habló del Perú que han construido: un país donde el poder no se elige, se administra.
