El proceso electoral que vive hoy el Perú no es producto de la casualidad, ni de un error técnico, ni de una mala planificación administrativa. Es el resultado directo de decisiones políticas tomadas con plena conciencia por los partidos que han dominado el Congreso en los últimos años y que diseñaron un modelo electoral pensando en su conveniencia, no en la gobernabilidad ni en la calidad de la democracia.
Las fuerzas políticas que hoy intentan tomar distancia —Fuerza Popular, Renovación Popular, Alianza para el Progreso, Podemos Perú y Perú Libre— fueron protagonistas y defensores entusiastas de las reformas que hoy nos conducen al proceso electoral más fragmentado, confuso y riesgoso de nuestra historia reciente. No solo votaron por ellas: las justificaron, las celebraron y las impusieron.
La eliminación de las elecciones primarias no fue una omisión ingenua, sino una decisión estratégica. Al desmontar ese filtro mínimo, se abrió la puerta a una proliferación descontrolada de candidaturas, listas y símbolos, bajo la lógica de que en el desorden algunos podrían sacar ventaja. Hoy, el resultado es una cédula electoral que se asemeja más a una sábana que a un instrumento democrático.
La información oficial confirma lo que ya se sabía. La Oficina Nacional de Procesos Electorales iniciará la impresión de una cédula con 38 espacios, uno por cada organización política habilitada. Más de 8,600 candidatos competirán en un solo proceso. Incluso para el elector más informado, comprender esta oferta política será una tarea compleja. Para una ciudadanía cansada, golpeada por la crisis y con bajos niveles de educación cívica, será casi imposible.
Que los resultados comiencen a conocerse recién varias horas después, que el conteo sea progresivo y que el proceso técnico sea impecable no resuelve el problema de fondo. La ONPE cumple su función. El sistema, no. Porque no se trata de cómo se cuentan los votos, sino de qué se le pide al ciudadano que elija y en qué condiciones se le obliga a decidir.
Lo más grave es que quienes generaron este escenario hoy pretenden lavarse las manos. Con campañas intensas, contradictorias y muchas veces agresivas, vuelven a bombardear al electorado con mensajes simplistas, sabiendo que la confusión juega a su favor. Luego, cuando el resultado no les convenga, volverán a responsabilizar al pueblo por “haber elegido mal”.
Este caos no cayó del cielo. Fue construido paso a paso, voto a voto, desde el Congreso. Fue premeditado. Y hoy el país paga los platos rotos.
La pregunta ya no es solo si los peruanos nos hemos vuelto resignados o masoquistas frente a nuestra propia realidad política. La pregunta de fondo es otra, mucho más incómoda: ¿hasta cuándo vamos a permitir que quienes destruyen el sistema democrático no asuman ninguna responsabilidad cuando el desastre se hace evidente?
Porque este proceso electoral tiene nombres, partidos y decisiones concretas detrás.
Y de eso, alguien debería responder.
