Anthropic nació con un propósito claro: desarrollar modelos de inteligencia artificial avanzados y alineados con principios éticos, sin dejar de lado la seguridad, una misión que desde el principio la diferenció de competidoras como OpenAI y que atrajo a muchos investigadores que buscaban algo más que un buen sueldo. Sin embargo, su director ejecutivo Dario Amodei empieza a mostrar una gran preocupación: cada vez le parece más probable que los nuevos profesionales que se suman a la empresa lleguen impulsados fundamentalmente por el dinero y no por esos valores fundacionales. Y no le falta motivo: los expertos más cotizados del sector reciben ofertas constantes con salarios millonarios, paquetes de acciones, títulos destacados y acceso a grandes recursos de cómputo, ventajas que en realidad son muy frágiles, porque basta que una compañía rival ofrezca algo más para que el equilibrio se rompa. Por eso cada vez más se habla de que parte de este talento se comporta como verdaderos mercenarios, con vínculos laborales provisionales y poca estabilidad a largo plazo.
Esta realidad afecta a toda la industria, sin excepciones de tamaño o trayectoria. Thinking Machines, la startup creada por la exdirectiva de OpenAI Mira Murati, ha perdido en apenas un año a cuatro de sus cofundadores: la última fue Lillian Weng, que anunció su salida por el impacto del estrés en su salud y la necesidad de tener objetivos más definidos, para después saberse que volvería a trabajar a OpenAI. Ni siquiera el gigante Google escapa a esta tendencia: en junio perdió a dos de sus referentes, Noam Shazeer que pasó a OpenAI y John Jumper —galardonado con el Nobel de Química— que se incorporó a Anthropic, a pesar de contar con recursos, prestigio y proyectos científicos de primer nivel. Por su parte, Meta invirtió cantidades ingentes para armar su división de superinteligencia bajo el mando de Alexandr Wang, pero varios de esos fichajes se marcharon al poco tiempo, en muchos casos hacia la competencia. Aunque hay otros factores que siguen pesando mucho, como la libertad creativa, la capacidad de influir en el rumbo de la tecnología o las posturas sobre el desarrollo ético, lo cierto es que la lealtad hoy se ha convertido en algo muy difícil de garantizar: se puede contratar a los mejores con grandes sumas, pero nadie tiene la certeza absoluta de que se quedarán.
