En medio de un escenario internacional marcado por nuevas guerras, disputas entre grandes potencias y alineamientos automáticos, resulta pertinente volver a una obra escrita hace casi noventa años, pero sorprendentemente actual: El antiimperialismo y el APRA, de Víctor Raúl Haya de la Torre.
Publicado en 1936, el libro no fue solo un manifiesto político, sino un intento serio por pensar América Latina con categorías propias, alejadas tanto del liberalismo dependiente como del marxismo dogmático importado desde Europa.
El imperialismo como sistema de dominación
Para Haya, el imperialismo no debía entenderse únicamente como ocupación militar o imposición política directa. Su forma más profunda —y peligrosa— era económica:
control del capital, de los recursos naturales, de la tecnología y de las decisiones estratégicas de los países periféricos.
Según Haya, esta dominación se sostenía con la complicidad de élites locales subordinadas, que actuaban como intermediarias del poder extranjero. El resultado era un desarrollo deformado, dependiente y profundamente desigual.
Una ruptura con el marxismo clásico
Uno de los aportes más audaces del libro fue su crítica al marxismo ortodoxo. Haya sostuvo que las leyes históricas formuladas para Europa no podían aplicarse mecánicamente a América Latina.
Mientras en los países industrializados el imperialismo representaba la fase final del capitalismo, en Indoamérica era, paradójicamente, su punto de partida. No había, por tanto, un proletariado industrial fuerte ni condiciones para una revolución obrera clásica.
De allí su conclusión:
la transformación social latinoamericana debía seguir un camino propio, no copiar modelos ajenos.
Un frente amplio para el cambio social
En lugar de una revolución proletaria, Haya propuso la unidad de trabajadores manuales e intelectuales, campesinos, clases medias y sectores populares. El APRA no nació como un partido tradicional, sino como un movimiento policlasista y continental, capaz de enfrentar al imperialismo sin renunciar a la democracia.
Este punto lo distanció tanto de las oligarquías conservadoras como del comunismo soviético, que veía con desconfianza cualquier proyecto que no aceptara la dictadura del proletariado.
Indoamérica y la unidad continental
Haya introdujo el concepto de Indoamérica para subrayar una identidad común marcada por la herencia indígena, la colonización y la dependencia económica. Para él, los países latinoamericanos aislados estaban condenados a la subordinación.
La única salida viable era la unidad regional, no como gesto romántico, sino como necesidad geopolítica. Países pequeños y fragmentados, advertía, serían inevitablemente absorbidos o utilizados por las grandes potencias.
Democracia y soberanía
A diferencia de muchas corrientes revolucionarias de su tiempo, Haya defendió la democracia política, el pluralismo y las libertades públicas. El antiimperialismo, sostenía, no debía desembocar en autoritarismo, sino en una ampliación real de la participación popular.
Esta postura le costó persecución, exilio y aislamiento político, pero también le permitió construir una propuesta distinta dentro del pensamiento latinoamericano.
Una vigencia incómoda
Hoy, cuando el mundo vuelve a dividirse en bloques de poder y América Latina parece oscilar entre alineamientos automáticos y silencios estratégicos, El antiimperialismo y el APRA reaparece como una advertencia.
La consigna de Haya —ni Washington ni Moscú— no era neutralidad pasiva, sino autonomía política, capacidad de decisión y defensa del interés propio.
Recuperar este pensamiento no implica idealizar el pasado ni justificar la deriva posterior del aprismo, hoy convertido en una organización que poco o nada tiene que ver con su origen. Implica, más bien, volver a pensar desde América Latina, en un tiempo en que muchos han renunciado a hacerlo.
Porque, como lo intuyó Haya de la Torre, cuando los pueblos dejan de pensar con cabeza propia, otros lo hacen por ellos. Y casi nunca a su favor.
