Política

El corredor de la Avenida Universitaria: improvisación, marketing y segregación urbana

La obra del corredor vial en la Avenida Universitaria ya lleva varios meses de ejecución y todo indica que se busca terminarla a toda máquina, sin una explicación clara de cuál es el objetivo real del proyecto ni cuáles serán sus beneficios concretos para la población.

Lo que sí es evidente es el impacto negativo inmediato:
se han destruido áreas verdes, se ha reducido el espacio público y, lo más grave, se ha segmentado a la población urbana. Hoy, vecinos que antes se comunicaban libremente a ambos lados de la avenida se encuentran separados por una especie de muralla urbana, que los obliga a desplazarse hasta 600 u 800 metros para poder cruzar por los pocos pasos habilitados. Esto no es integración ni modernización: es segregación.

El proyecto, además, resulta difícil de justificar desde el punto de vista de la planificación vial. Nace en la Avenida Metropolitana y termina en la Avenida José Granda, un tramo relativamente corto que, en términos de movilidad metropolitana, no resuelve ningún problema estructural de tráfico.

Por el contrario, todo indica que se está creando un cuello de botella. Un corredor puede agilizar el tránsito solo si cuenta con vías de desfogue adecuadas. En este caso, el flujo que se concentre en la Avenida Universitaria terminará inevitablemente congestionándose en el óvalo y en las intersecciones finales, donde no se ha previsto ninguna ampliación ni solución complementaria visible.

Especialistas en transporte urbano han señalado reiteradamente que los corredores mal diseñados, sin integración con una red mayor de movilidad (transporte público eficiente, rutas alternas, pasos a desnivel o semaforización inteligente), no reducen el tráfico, sino que simplemente lo trasladan y lo agravan en otros puntos.

Todo esto refuerza la percepción de que no estamos ante una obra prioritaria, sino ante una obra forzada para justificar la falta de proyectos estratégicos. Una obra presentada como “gran infraestructura” cuando, en la práctica, es un parche urbano con alto costo social.

No es casual que este tipo de proyectos se aceleren cerca de periodos electorales. El cemento, las máquinas y las cintas inaugurales funcionan como marketing político, especialmente cuando existe la presión de ejecutar un gran préstamo que la Municipalidad de Lima obtuvo sin contar con una cartera sólida de proyectos bien planificados.

En lugar de una visión integral de ciudad —más áreas verdes, mejor transporte público, accesibilidad peatonal y cohesión urbana—, se opta por gastar rápido, mostrar obra y trasladar el problema a la siguiente gestión.

Al final, no se trata de modernización ni de desarrollo urbano.
Se trata de imagen, de urgencia política y de una obra que, lejos de unir la ciudad, la fragmenta.

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