Para amplios sectores de la derecha extrema peruana —los ya conocidos fachosaurios— Petroperú se ha convertido en un símbolo ideológico antes que en un debate técnico. No importa cuánto se hable de reestructuración, mejora en la gestión o fortalecimiento institucional: para ellos, es inadmisible que una empresa estatal peruana prospere. Desde hace años empujan, sin matices, su liquidación o venta a privados, como si esa fuera la única salida posible.
Lo paradójico —y revelador— es que esta postura choca frontalmente con lo que ocurre en países vecinos. En Petrobras (Brasil), Ecopetrol (Colombia) o ENAP (Chile), las empresas petroleras estatales no solo existen, sino que son pilares estratégicos del Estado, actores rentables cuando están bien gestionados y herramientas clave de soberanía energética. Nadie en esos países “serios” plantea su desaparición como dogma ideológico.
El problema de Petroperú no es su naturaleza estatal, sino su pésima administración histórica, atravesada por corrupción, improvisación política y captura partidaria. El petróleo, como negocio, no es deficitario por definición. En el mundo, sigue siendo una actividad altamente rentable, incluso en contextos de transición energética. Pretender que el problema es “el Estado” y no la gestión es una simplificación interesada.
En ese marco, el presidente del Congreso, Fernando Rospigliosi, volvió a insistir en que el Perú no debe seguir inyectando recursos públicos a Petroperú, calificándola prácticamente como una empresa inviable. “Esperemos que esta vez sí haya una solución radical”, señaló, tras el anuncio de reestructuración formulado por la ministra de Economía, Denise Miralles.
El discurso suena conocido: cada crisis es usada para empujar una salida extrema —liquidar, privatizar, desmantelar— sin siquiera intentar una reforma estructural seria, con gobierno corporativo real, transparencia, meritocracia y control técnico. Lo “radical”, para este sector, no es mejorar, sino desaparecer.
Así, Petroperú termina siendo rehén de una batalla ideológica donde no interesa el interés nacional, sino confirmar una tesis: que el Estado siempre fracasa y el mercado siempre salva. Una tesis que la evidencia regional desmiente, pero que en el Perú sigue siendo repetida como mantra.
El verdadero debate que se evita es incómodo:
👉 ¿por qué el Perú no puede gestionar bien lo que otros países sí?
👉 ¿a quién beneficia que Petroperú fracase permanentemente?
👉 ¿por qué nunca se discute una reestructuración con estándares internacionales reales?
Mientras la derecha extrema prefiera el colapso antes que la reforma, Petroperú seguirá siendo menos una empresa y más un campo de batalla ideológico. Y el país seguirá perdiendo la oportunidad de tener una empresa estratégica fuerte, no por incapacidad estructural, sino por falta de voluntad política y exceso de dogma.
