Durante gran parte del siglo XX, el APRA fue sinónimo de lucha popular, de organización obrera y estudiantil, y de una propuesta de transformación continental. Fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre como una alternativa antiimperialista y de justicia social, el Partido Aprista fue protagonista en los momentos más intensos de la historia política del Perú. Desde las dictaduras militares hasta los gobiernos democráticos, el APRA logró sostener una presencia significativa que marcó generaciones.
Sin embargo, lo que hoy queda del APRA parece alejarse cada vez más de aquel ideario fundacional. Las declaraciones recientes de Jorge del Castillo y Mauricio Mulder, anunciando una fórmula presidencial con la estrella del partido, no solo representan una nueva candidatura, sino una señal de que el APRA insiste en volver a la contienda, aunque con un rostro, un discurso y unas alianzas que muchos asocian más con la derecha conservadora que con los sectores populares.
Del pueblo a la élite: un viraje derechista
El viraje ideológico del APRA no es nuevo. Desde los gobiernos de Alan García, especialmente el segundo (2006-2011), el partido se fue distanciando de sus raíces populares para alinearse con los intereses empresariales, los tratados de libre comercio, y una visión del Estado minimalista. La represión de conflictos sociales, la criminalización de la protesta y los escándalos de corrupción minaron aún más su base social.
En la última década, el aprismo ha sido uno de los principales soportes ideológicos del fujimorismo. Dirigentes como Mulder y Del Castillo han asumido una postura frontal contra la izquierda, llegando incluso a justificar autoritarismos y a respaldar posiciones de la ultraderecha peruana. En este sentido, sus actuales líderes podrían ser clasificados sin reparos dentro del grupo de los «fachosaurios», esa nueva derecha radical que ve en los derechos humanos, el feminismo, y la diversidad una amenaza, no una agenda.
¿Un APRA sin pueblo?
Que hoy se hable de una posible postulación de Carla García, hija del expresidente Alan García, no hace sino confirmar que el aprismo se ha convertido en una organización hereditaria, jerárquica y personalista, más cercana a los clanes que a los movimientos populares. ¿Dónde están las bases obreras, los sindicatos, los comités juveniles que alguna vez hicieron del APRA una fuerza de masas?
La respuesta es dolorosa: muchos de esos sectores han migrado a otras opciones políticas, se han dispersado o simplemente se han desmovilizado ante la falta de renovación ideológica del partido.
El regreso electoral: ¿con qué proyecto?
De cara a las Elecciones Generales de 2026, el APRA ha anunciado que presentará listas propias para el Congreso, el Senado y el Parlamento Andino. Pero más allá del derecho legítimo a participar, cabe preguntarse: ¿cuál es el proyecto político del nuevo APRA?
Las propuestas públicas siguen siendo ambiguas, sin distancia de las viejas fórmulas del pasado, sin autocrítica real por su complicidad con la corrupción, ni por su rol en la desinstitucionalización del país. En un Perú donde la población demanda cambios estructurales, justicia social, equidad territorial y una democracia viva, el discurso aprista suena anacrónico y sin sintonía con los nuevos tiempos.
¿Qué rol puede jugar el APRA hoy?
A pesar de todo, el APRA aún conserva redes organizativas, militantes de trayectoria y una memoria histórica que pesa. Pero si aspira a tener un rol constructivo en el país, debe elegir: o se convierte en un brazo más de la derecha autoritaria y antiderechos, o recupera su vínculo con el pueblo y renueva su proyecto desde la democracia y la inclusión.
El Perú necesita partidos democráticos, con raíces sociales, pero también con visión de futuro. El APRA podría ser uno de ellos, si decide romper con su actual deriva conservadora y mirar con honestidad a su historia. De lo contrario, su presencia en 2026 será apenas un eco nostálgico de un pasado que ya no representa.
