Tecnología

El mejor momento para comprarte un dispositivo electrónico fue ayer. El segundo mejor momento es hoy

 

Quería conseguir una Steam Machine y, precisamente por eso —y porque su precio supera los mil euros para la potencia que ofrece— decidí montarme mi propio ordenador por piezas. Fui eligiendo cada componente y me dije: «cuando cobre, me lo compro». Unos días después, revisé mi nómina con ilusión, entré en Amazon para finalizar el pago y me llevé una sorpresa: el coste total había aumentado casi doscientos euros más de lo calculado. Los culpables han sido la memoria RAM y la tarjeta gráfica, y me surgió entonces la gran duda: ¿me resigno y pago esa diferencia o prefiero esperar a que bajen los precios? Hace unos días comenté esta misma cuestión durante el tercer encuentro entre editores y suscriptores de Xataka Xtra, y entre todos llegamos a tres conclusiones principales: la primera es que cada uno invierte su dinero en lo que quiere, ya que al fin y al cabo es fruto de su trabajo; la segunda, que absolutamente todo está con precios muy elevados y es difícil prever cuándo cambiará la tendencia, si es que llega a cambiar algún día; y la tercera, que si necesitas cualquier dispositivo o crees que lo vas a necesitar a corto plazo, lo mejor es adquirirlo ya, porque aunque ahora parezca caro, es muy probable que mañana lo sea aún más. Para entender por qué ocurre esto, basta con analizar lo que sucede en el mercado: el sector de componentes se ha descontrolado completamente por el auge de la inteligencia artificial, ya que esta tecnología requiere cantidades enormes de memoria y almacenamiento, y existe un detalle determinante: muy pocas empresas en el mundo tienen la capacidad de fabricar estos elementos. Las compañías que dominan el mercado son Samsung, SK Hynix y Micron —incluso han sido denunciadas por aprovechar su posición para elevar los precios— y ante la gran demanda de las grandes empresas tecnológicas, que están construyendo inmensos centros de datos dispuestas a pagar cualquier cantidad, estas tres firmas han reorientado toda su producción: han dejado de dar prioridad a los productos dirigidos al consumidor final para centrarse exclusivamente en los grandes clientes industriales. Las consecuencias son inmediatas: al reducirse la fabricación de memorias DDR5, su valor aumenta; ocurre lo mismo con los chips de almacenamiento NAND que usan los discos sólidos, por lo que también suben de coste; incluso han abandonado las líneas de producción de generaciones anteriores como las memorias DDR4 o LPDDR4, lo que hace que estas escasez y se encarezcan todavía más. Esta situación no afecta solo a quienes queremos montar un ordenador, sino a toda la industria tecnológica: empresas como Samsung o Apple han sufrido estos incrementos, y la segunda anunció hace apenas dos días que subirá los precios de sus modelos de iPad y Mac hasta un veinte por ciento de media por la falta de suministros; Sony intenta diseñar la próxima consola PS6 sin que su fabricación cueste más de mil euros, un reto muy complejo; la marca Nothing ha confirmado que no lanzará algunos de sus teléfonos previstos para este año; la Raspberry Pi ha visto aumentar su precio de forma muy notable; e incluso Microsoft está replanteando las características de su futura consola Xbox porque los costes se han disparado más de lo previsto. De hecho, el encarecimiento es tan generalizado que hasta dispositivos como los routers cuestan más dinero, ya que en su interior también incorporan algún tipo de memoria o chip de almacenamiento. Esto cambia por completo la forma en la que entendíamos las compras de tecnología, especialmente lo que ocurre con quienes compran los productos nada más salir al mercado, un grupo al que a veces se ha mirado con cierto desprecio: se decía que ser de los primeros en adquirir un dispositivo era una mala idea, porque pagabas mucho más por un equipo que sería mejorado y abaratado uno o dos años después. El ejemplo más claro lo tenemos en las consolas: los primeros modelos de la PlayStation 3 o la Xbox 360 costaban mucho dinero —la primera llegó a los seiscientos euros en su lanzamiento, sin juegos y con un solo mando— y tenían problemas que se resolvieron con el tiempo: la versión posterior más pequeña y ligera de la consola de Sony costaba la mitad, generaba menos calor y hacía menos ruido, igual que la versión revisada de la consola de Microsoft, que solucionó sus fallos más graves, incluía conexión inalámbrica de fábrica y mayor capacidad. Antes, esperar era siempre la mejor decisión: obtenías un producto mejor y más barato, solo con la pequeña desventaja de disfrutarlo más tarde. Pero la dinámica se ha roto por completo: con la generación actual, tanto la Xbox Series como la PlayStation 5 han ido subiendo su precio oficial con el paso de los años, incluso antes de que comenzara la crisis económica que ahora justifica muchas de estas subidas. Por eso llego al final con mi propia experiencia: en enero de este año, cuando los costes ya empezaban a ser muy altos, pensé en montar mi equipo, pero me detuve pensando que no era algo indispensable para mí en ese momento. Hoy, viendo cómo ha evolucionado todo, me gustaría poder volver atrás y decirme a mí mismo que no lo dudara ni un segundo.

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