Tecnología

Los rivales chinos de Tesla encuentran una nueva motivación: fabricar robots humanoides asequibles para inundar el mercado

Hace apenas cinco años, adquirir un vehículo eléctrico de marca china era considerado una excentricidad fuera de las fronteras del país asiático; hoy en día, esas mismas firmas —entre las que destacan BYD, Xpeng, Chery, Leapmotor, Geely o Xiaomi— ya plantan cara sin reservas tanto a Tesla como a las compañías automovilísticas tradicionales en prácticamente todos los rincones del planeta. Tras haber consolidado su dominio tecnológico, especialmente en lo que respecta al desarrollo y fabricación de baterías, estas empresas han trazado su siguiente gran meta: trasladar todo el conocimiento adquirido en el sector de la movilidad eléctrica al campo de la robótica humanoide, con la firme determinación de producir máquinas capaces y, sobre todo, al alcance de la mayor cantidad posible de personas.

 

Ningún actor relevante quiere quedar al margen de esta transformación. Según un informe reciente elaborado por Morgan Stanley, las empresas chinas fabricaron y comercializaron el 97 % de todos los robots humanoides que se pusieron en circulación en la primera mitad del año 2026. El mismo estudio indica que las aproximadamente cincuenta mil unidades que se prevé entregar durante este ejercicio podrían multiplicarse hasta alcanzar cerca de cuatrocientas cuarenta y seis mil para el año 2030. Ese crecimiento exponencial tendrá su origen en la intensa competencia por lograr economías de escala que permitan abaratar progresivamente los procesos de fabricación: la lógica es tan directa como poder ofrecer los dispositivos a precios cada vez más bajos manteniendo, e incluso incrementando, los márgenes de beneficio.

 

Aunque no todos los analistas manejan exactamente las mismas cifras, otras fuentes especializadas como TrendForce y Counterpoint sitúan el valor del mercado chino de estos aparatos en unos dos mil cien millones de dólares para el presente año y proyectan un crecimiento superior al sesenta por ciento de cara a 2027. Más allá de las discrepancias numéricas, existe un consenso amplio: el mercado mundial de robots humanoides está a punto de experimentar un auge sin precedentes y China marcha al frente de esa carrera. No resulta casual que durante este 2026 hayan proliferado las demostraciones públicas de estas máquinas realizando tareas cotidianas, ni que las marcas chinas hayan llevado sus prototipos a ferias internacionales celebradas en Occidente como Vivatech o la reciente edición de la IFA en Berlín; tampoco es mera coincidencia que, al mismo tiempo, el discurso comercial se haya desplazado de la exhibición de capacidades llamativas hacia la demostración de utilidad práctica, mostrando a los robots desempeñando labores productivas en entornos industriales.

 

El salto de la movilidad sobre cuatro ruedas a la locomoción sobre dos piernas tiene una base lógica y sólida. Existen compañías dedicadas en exclusiva a la robótica, como Unitree o Agibot, que ya marcan el ritmo en este terreno, pero al igual que Tesla avanza con su proyecto Optimus, gran parte de los fabricantes de automóviles mencionados han decidido sumarse al reto. BYD trabaja ya en su propio modelo, Xiaomi tiene uno operativo en una de sus plantas de fabricación de vehículos, Nio ha establecido alianzas estratégicas con empresas emergentes del sector, Xpeng ha presentado a su robot denominado Iron y Leapmotor tiene previsto dar a conocer el suyo el próximo dieciséis de septiembre. El interés que despierta este campo se refleja también en las sucesivas rondas de financiación que han recaudado cuantías ingentes de capital, y todo ello se sustenta en la transferencia tecnológica: los sistemas de detección de obstáculos, los mecanismos de reacción inmediata y los avanzados sistemas de asistencia a la conducción desarrollados para los coches autónomos constituyen la base sobre la que se construye la capacidad de respuesta y percepción de los androides.

 

Los avances en ambos frentes se retroalimentan de forma continua. Los algoritmos capaces de interpretar el entorno y reaccionar con precisión y velocidad ante imprevistos, fundamentales para que un vehículo circulase de forma segura sin conductor, son exactamente los mismos que permiten a un robot moverse con soltura entre personas y objetos. Unitree, por citar un caso concreto, acaba de presentar lo que califica como el primer robot humanoide operado por un modelo de comprensión del mundo en tiempo real, una tecnología que tendría aplicaciones directas en la mejora de la conducción autónoma. A esto se suma el respaldo decidido de las instituciones: el Gobierno de China ha incluido el desarrollo de la robótica humanoide entre las prioridades de su Plan Quinquenal y lo señala como uno de los pilares para consolidar su posición como primera potencia tecnológica mundial. La brecha en materia de propiedad intelectual es elocuente: entre los años 2020 y 2025 se registraron en el país más de cinco mil seiscientas patentes relacionadas con el sector, frente a las mil quinientas contabilizadas en Estados Unidos durante el mismo periodo.

 

La competencia trasciende el ámbito puramente mecánico para extenderse al cerebro que anima a estas máquinas. Mientras Estados Unidos centra su apuesta en modelos de inteligencia artificial de altísima capacidad computacional y vanguardia conceptual, China ha optado por un enfoque orientado a la implantación masiva y accesible. Al final, serán esos sistemas los que dirijan los movimientos de los robots, y aunque la potencia de cálculo es un factor determinante, China cuenta hoy con una ventaja estructural que resulta muy difícil de igualar: dispone de cadenas de suministro locales consolidadas y de una capacidad de producción a gran escala que le permite mantener los costes bajo control. Si la meta es llenar el mundo de robots humanoides a precios razonables, esa combinación de tecnología probada, fabricación eficiente y costes contenidos representa una ventaja difícil de superar en el corto y medio plazo.

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