La restauración de bosques y otros ecosistemas naturales mejora los medios de vida y el bienestar de las personas, una condición que puede volver sostenibles esos procesos en el tiempo, según el ecólogo Thomas Crowther en una columna publicada en el diario británico The Guardian.
En 2019, Crowther y su equipo publicaron en la revista científica Science que la restauración de bosques naturales era la “mejor solución disponible” frente al cambio climático. Un colega del Fondo Mundial para la Naturaleza le advirtió entonces que esa formulación podía arruinar su carrera: la restauración podía cubrir cerca del 30% de las necesidades de captura de carbono, pero la prioridad más urgente seguía siendo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
El ecólogo mencionó que compartía esa objeción entonces y ahora, aunque aclaró que al hablar de la “mejor” solución no se refería solo al mayor impacto sobre el CO2, sino a la capacidad de mejorar al mismo tiempo la vida de las comunidades humanas.
Para Crowther, buena parte del debate climático gira en torno a la idea de que la magnitud del problema exige innovación tecnológica masiva, geoingeniería o una transformación económica profunda, aunque muchas de esas alternativas implican costos o efectos secundarios difíciles de evitar.
Entre los ejemplos citados, la inyección de aerosoles en la estratosfera podría bloquear parte de la radiación solar y enfriar la superficie, pero alteraría la luz y las lluvias con efectos sobre los cultivos de los que depende la alimentación humana. La captura directa de carbono del aire también enfrenta limitaciones: sus costos financieros y energéticos aún impiden desplegarla en la escala necesaria.
Frente a ese panorama, la restauración de hábitats naturales como los bosques aparece como una excepción dentro del repertorio climático. La razón, según el ecólogo, es que trabaja con la misma red de conexiones que permitió el florecimiento de la vida en la Tierra.
Esa capacidad reside en los llamados bucles de retroalimentación, mecanismos en los que el resultado de un proceso intensifica el proceso mismo. Hace entre 3.800 millones y 4.200 millones de años, esos circuitos permitieron que la vida se expandiera en un planeta inicialmente tóxico e inhabitable: a medida que ganó terreno, transformó el entorno y lo volvió apto para más formas de vida, hasta crear las condiciones que sostuvieron a la especie humana y proveyeron alimento, oxígeno, madera, medicinas y combustible.
La actividad humana activó nuevos bucles de retroalimentación. La explotación de recursos naturales permitió el crecimiento de la población; ese crecimiento empujó más explotación; ese proceso calentó el planeta y el calentamiento liberó carbono del suelo, lo que alimenta todavía más el aumento de la temperatura. Otro circuito del mismo tipo ocurre cuando los bosques se secan: almacenan menos humedad y eso acelera una mayor desecación.
La acumulación de estos procesos amenaza con empujar al planeta hacia un estado completamente distinto. La restauración ecológica busca operar en la dirección contraria: según el especialista, si las sociedades trabajan con los bucles de retroalimentación de la naturaleza en vez de distorsionarlos, pueden beneficiarse de una dinámica que se sostiene por sí misma.
El caso que presenta como prueba está en el Parque Nacional Iberá, en Argentina. Allí, después de décadas de degradación, la reintroducción de jaguares redujo las poblaciones sobredimensionadas de herbívoros pastadores, permitió la recuperación de plantas de humedal y reforzó la capacidad del suelo para retener humedad.
Esas plantas también ofrecen hábitat para otras especies y ayudan a convertir a Iberá en uno de los humedales y sumideros de carbono más notables del planeta. Tras pocos años de ese proceso, volvieron a verse yacarés en las orillas, guacamayos en vuelo y nutrias gigantes en los cursos de agua.
El ecólogo aclaró que las soluciones basadas en la naturaleza no siempre funcionan: empresas crearon vastas “granjas de carbono” mediante plantaciones monoculturales de árboles que destruyeron especies nativas, y el drenaje de turberas para reducir la producción de metano libera grandes cantidades de CO2. La razón de esos fracasos está en la complejidad de los sistemas naturales: cuando se intenta simplificarlos o rediseñarlos, el resultado suele ser adverso.
El punto decisivo, según Crowther, es que la recuperación de la biodiversidad local mejore de manera directa el bienestar de las personas que viven allí. Cuando las comunidades tienen una motivación propia para proteger su entorno, pasan a formar parte del mismo circuito de retroalimentación que impulsa la restauración.
En Iberá, el ecoturismo se convirtió en el motor de una nueva “economía de restauración” con empleo para guardaparques, cocineros, anfitriones, rastreadores de fauna y guías. Por otro lado, en Saseri, en el norte de India, el manejo estratégico del suelo y la restauración de árboles retienen agua y mejoran el rendimiento de más de 1.200 agricultores. A unos 1.000 kilómetros al sudoeste, en Gujarat, mujeres indígenas restauran manglares para proteger 12 aldeas costeras de la erosión y, al mismo tiempo, mejorar la productividad de pesquerías, cultivos y ganado.
El ecólogo señaló que estos proyectos muestran que no hacen falta innovaciones extraordinarias ni grandes sacrificios para avanzar. Lo que se necesita, describió, es destinar una pequeña fracción de la atención y la riqueza colectiva global, quizá menos del 1% del PIB mundial, a quienes cuidan tierras rurales y sostienen estos procesos.
El efecto acumulado de ese apoyo equivale a cientos de millones de toneladas de CO2 capturadas. La recuperación de la naturaleza no solo aporta sustento, seguridad alimentaria y almacenamiento de carbono, sino también esperanza, alegría e inspiración: esas reacciones emocionales, sostuvo el especialista, son el motor de la restauración y tienen potencial para generar sus propios bucles de retroalimentación a largo plazo.
