Las olas de calor marinas del Ártico se intensificaron de forma sostenida desde la década de 1980 y ya dejaron un récord de 480 días, un cambio que preocupa porque incluso aumentos temporales de una fracción de grado pueden desencadenar efectos en cascada sobre el ecosistema polar y sobre el sistema climático global.
El hallazgo surge de un estudio encabezado por el Instituto Alfred Wegener y publicado en Communications Earth & Environment, que revisa cómo evolucionaron estos episodios extremos y qué mecanismos los impulsan en la región que más rápido se calienta en el planeta.
La duración de estos eventos en el Ártico crece más rápido que en cualquier otra parte del mundo. Según la revisión, las olas de calor marinas en la región duran entre 10 y 40 días, según el sector, aunque el episodio más extenso se registró en el mar de Barents en 2016, cuando la superficie y el lecho marino permanecieron durante más de 480 días a 1 °C (34 °F) por encima del promedio.
Las olas de calor marinas son eventos extremos en los que la temperatura del mar se mantiene inusualmente alta durante al menos cinco días. Pueden originarse por radiación solar intensa, aire cálido o corrientes oceánicas que transportan agua más cálida de lo normal.
La doctora Marylou Athanase, del Instituto Alfred Wegener, Centro Helmholtz para la Investigación Polar y Marina, dijo que estudios recientes muestran que su número también aumentó de manera marcada en el Ártico en las últimas décadas. La científica advirtió que en esa región sensible al calor, incluso un incremento pasajero de la temperatura puede tener consecuencias amplificadas.
Los datos disponibles indican que la duración, la intensidad y la frecuencia de las olas de calor marinas del Ártico aumentaron de manera significativa desde los años 80. Durante estos episodios, la temperatura de la superficie del mar puede llegar a hasta 4 °C (39 °F) por encima del promedio estacional.
Athanase explicó que los mares marginales del Ártico se están convirtiendo de manera sistemática en zonas de alta temperatura. En esas áreas, las olas de calor superficiales se vuelven hasta 0,6 grados más cálidas por década y ocurren aproximadamente el doble de veces que el promedio mundial, con estimaciones de entre uno y tres eventos por año en los distintos sectores árticos.
A profundidades de entre 50 y 500 metros (165 y 1.640 pies), estos episodios son similares o incluso más intensos que en la superficie. En el lecho marino, en cambio, apenas muestran un aumento de frecuencia o intensidad y, en algunas regiones, incluso se observa una disminución.
El trabajo subraya además una carencia central: aunque la investigación global sobre olas de calor marinas creció en los últimos años, los estudios específicos sobre el Ártico siguen siendo escasos. La publicación señala que todavía no existe una evaluación integral de sus características, causas, impactos e interacciones en el entorno polar.
De acuerdo con el estudio, dos mecanismos interrelacionados explican buena parte del aumento: el calentamiento general del océano y la disminución del hielo marino. Athanase sostuvo que el intercambio de calor entre atmósfera y océano en el Ártico depende en gran medida de esa cobertura, de modo que cuando se derrite en verano la superficie del mar absorbe más radiación solar y refuerza el calentamiento mediante la retroalimentación hielo-albedo.
Durante las olas de calor marinas de 2007 y 2020, el océano Ártico absorbió casi el doble de energía solar de la habitual en verano debido a una cobertura de hielo marino extremadamente baja. Ese deshielo añade otro factor: el agua dulce liberada forma una capa fina sobre el agua salada y basta una pequeña cantidad de calor para elevar su temperatura muy por encima de los niveles normales.
Las simulaciones de modelos, citadas por la publicación, estiman que ese efecto mantiene las olas de calor marinas en la superficie y las prolonga e intensifica en un 20% en promedio. Esa combinación convierte al hielo marino no solo en un indicador del calentamiento, sino también en un mecanismo que lo acelera.
En el Ártico también existe un origen profundo de estas olas de calor, distinto del que domina en océanos de latitudes más bajas. Allí, aguas cálidas procedentes del Atlántico circulan en capas profundas y las tormentas de otoño o invierno pueden mezclar la columna de agua y llevar ese calor almacenado hacia la superficie.
Ese afloramiento de agua cálida sería responsable de aproximadamente una quinta parte de todas las olas de calor marinas superficiales del Ártico. El estudio destaca que este proceso no tiene un equivalente directo en regiones no polares y ayuda a explicar por qué los episodios árticos difieren de los del resto del planeta.
La nubosidad también influye en el inicio y la intensidad de las olas de calor marinas, aunque en el Ártico lo hace de una forma distinta a la observada en océanos no polares. En latitudes más bajas, explicó Athanase, las temperaturas más altas suelen reducir las nubes bajas, dejan pasar más radiación solar y alimentan un nuevo calentamiento de la superficie del mar.
En el Ártico, las temperaturas más altas y la mayor extensión de océano libre de hielo favorecen más evaporación y más nubosidad, no menos. Aunque esas nubes reducen la radiación solar que llega a la superficie, ese enfriamiento puede compensarse porque el océano oscuro absorbe más energía cuando retrocede el hielo y porque la atmósfera nubosa también emite más calor hacia la superficie.
Según Athanase, el aumento reciente de las olas de calor en la superficie del mar durante el verano y el otoño coincide con un incremento moderado de la nubosidad. La investigadora señaló que todavía no está claro si el factor decisivo es el aumento de la luz solar o la propia nubosidad.
Las simulaciones futuras revisadas en Communications Earth & Environment sugieren que, a medida que avance el calentamiento global, el Ártico registrará algunos de los mayores aumentos del mundo en frecuencia e intensidad de olas de calor marinas. El estudio concluye que todavía faltan investigaciones diseñadas específicamente para las condiciones polares.
