SpaceX protagonizará la primera de las salidas a bolsa más esperadas y ambiciosas de este año, programada para el próximo 12 de junio de 2026 bajo el símbolo SPCX. La operación se presenta como la mayor oferta pública de venta de acciones de la historia, con el objetivo de captar 75.000 millones de dólares y alcanzar una valoración de 1,75 billones de euros. Sin embargo, existe una gran brecha entre la cifra que maneja la compañía y la visión de los expertos: la firma de análisis Morningstar advierte que la empresa está «significativamente sobrevalorada» y recomienda a los inversores esperar, ya que prevé que el precio de las acciones caerá en los primeros días de negociación. Según sus cálculos, el valor real de la compañía, descontando su flujo de caja, ronda los 780.000 millones de dólares, lo que supone casi la mitad de la estimación del mercado privado y un 44,5% menos de la cifra que proyecta la propia empresa.
El verdadero motor financiero de la compañía no es su reconocida tecnología de cohetes reutilizables, sino Starlink, su red de internet por satélite. Esta división ha demostrado ser la gran fuente de ingresos estables, con un flujo de caja sostenido y una base de clientes que crece a un ritmo muy acelerado en todo el mundo. Morningstar valora esta unidad en 611.000 millones de dólares, muy por encima de lo que representa la actividad de lanzamientos espaciales. A esto se suma la estructura de la operación: SpaceX sacará al mercado solo el 3% de sus acciones a un precio fijo de 135 dólares cada una, manteniendo un sistema de doble clase que garantiza el control absoluto a Elon Musk y a los primeros inversores. Mientras que las acciones que se venden en bolsa otorgan un voto por título, las de clase B —que permanecen en manos de los fundadores— cuentan con un poder de voto mucho mayor, permitiendo conservar el 85% de la toma de decisiones.
A pesar de las dudas sobre su precio, la posición de SpaceX cuenta con un respaldo sólido: su valor se apoya en contratos estratégicos a largo plazo con el gobierno de Estados Unidos, especialmente con la NASA y el Departamento de Defensa. Ambas instituciones dependen de los sistemas de la compañía para llevar a cabo sus misiones más importantes, lo que asegura ingresos estables y convierte a la empresa en una opción atractiva incluso para fondos de inversión más conservadores. No obstante, esta dependencia también es uno de los factores que los analistas evalúan al cuestionar si el precio de salida refleja realmente el riesgo y el potencial de crecimiento a futuro.
